Ad populum 19

He sido cagueta con los que me quisieron, temerario cuando no correspondía, y vanidoso (sin que se notara) y un ególatra invencible casi siempre. Tengo un talento literario muy perfectible, al igual que narcisistas o presumidas zonas ciegas, y también oscuros «fallados» llenos de ratas. Pero no soy el peor ejemplar humano que holló el planeta.

Mi vida ha sido, en gran medida, corazón quemado por tierra ardiendo, demencia en amarillo, la historia de una conversación interior interminable. He leído mucho más de lo que he vivido, he escrito mucho más de lo conveniente, fui patológicamente cobarde en el amor, tras cada uno de mis gestos se embosca la ruina (y, a veces, un aguzado ingenio), y he vivido como quien espera puerilmente que la experiencia llegase siempre filtrada por una especie de duende literario.

Inquieto y cobarde. Enfermo y tímido. Cortés a la antigua. Reflexivo y cabal. Ironista de segunda. Cerebrotónico y neurasténico. Alma nórdica en este imperioso Sur dionisíaco. Polisilábico anfitrión del lenguaje solemne. Cachipolla, moscardón, ogro, pero, aunque pocas, grandes inteligencias ponderaron mi probidad.

El mundo no me sedujo ni yo lo seduje a él. Crecí rodeado de riquezas y comodidad, con una vida fácil y una educación hacendada y distinguida. Pero acabé en una aldea en las conchimbambas. Sofisticado y candoroso a partes iguales, más bueno que malo, y dado a explicar imaginarias intimidades. Leal a la literatura y a la bibliofilia. Leal a unos pocos maestros. Maniático, solterón, raro, contradictorio. Acaso culto, férreamente melancólico, alto, feo, simpático si quiero, y gordinflón.

El mundo me resultó siempre demasiado apresurado, demasiado ruidoso, demasiado dispuesto a traicionar mis ideales. Por lo que preferí la lentitud, la frase meditada, la palabra trabajada hasta que pudiera huir señorial. Sueño con esa muerte en que la mente se borra de la cabeza. No he sido un hombre sociable. No por soberbia, sino por incapacidad. Me gusta la gente, pero sin pasión.

Fui, a fin de cuentas, alguien que intentó convertir su maltrecha conciencia en una obra palabrera y deficitaria (pero, nótese, en mi auto-evaluación, acaso yerre; «errare humanum est»)

Perdonen a este pequeño monstruo, si es que lo fui tanto.

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