
Sonrisas cómplices ante un puñado de emociones banales; así funciona hoy la industria cultural. La lágrima fácil -esos ojos de aguamarina de bisutería- sustituye al conflicto y a la verdad. En los estantes prolifera la chatarra best-seller, las novelitas Arlequín (trochas a la sensiblería más acusada), conspiranoias, autoayuda y pseudociencia de sucio pie enarenado. El consumo rápido se ha vuelto la gramática obligatoria. No se deshojan las hiedras que alegraban la vejez de los balaustres.
A la vez crece la fascinación por lo exagerado, lo grotesco, lo artificioso, lo teatral: lo camp como refugio y lo kitsch como moral. La ornamentación desplaza a la forma; el tumulto, al pensamiento. Lo que antes era arduo, selectivo, reservado a minorías exigentes, ahora debe ser universal y fácil, accesible y “amable”, sometido a esa ley espeluznante que convierte en vulgar todo lo que toca ¡Que nadie se agobie!
En este panorama, Jordi Gracia sostiene -en su panfleto optimista «El intelectual melancólico»- que la crítica apocalíptica no describe el estado del mundo, sino solo el estado de ánimo del intelectual cansado. Que la cultura no se hunde, sino que se reconfigura. Y que todavía hay pensamiento complejo, investigación seria, literatura valiosa. Hemos perdido el centro, afirma en su tesis, pero no la existencia.
Llovet, al contrario, ve con claridad la mutilación institucional; la universidad transformada en un engranaje burocrático, hostil a la tradición; el arrinconamiento de las lenguas clásicas, de la filosofía, de la literatura; la cultura convertida en adorno, no en un fin. Y diagnostica -con una melancolía que no es debilidad, sino lucidez- la lenta muerte de las humanidades como horizonte compartido.
A mi juicio, Llovet acierta en lo esencial, en la descripción del retroceso del lector fuerte, en la degradación del ambiente cultural saturado de ruidos y nulo silencio, en la fractura de la continuidad. Pero Gracia acierta en otro plano: al recordarnos que lo que muere no es la cultura, sino su hegemonía; y que las humanidades, aunque expulsadas del centro, siguen vivas en fértiles márgenes.
Yo, que propendo muy naturalmente a la percepción de Llovet, no puedo permitirme la parálisis de la melancolía (quiero mi alma pimpante, flamante y oronda) Llovet me explica por qué sufro; Gracia, cómo seguir trabajando sin sucumbir al sufrimiento. Y todavía existen -pocos, pero reales- lectores raros, intensos, solitarios; editoriales de culto; profesores silenciosos y serios; alumnos aplicados; comunidades discretas que preservan la llama.
Todavía hay chavalería que se deja los ojos y el magro sueldo fatigando bibliotecas y librerías.
Permítanme, pues, un «bri d’esperança»: si la cultura perdió el mundo, que no nos olvide a nosotros.
