
El silencio es una propiedad divina por donde más fácilmente se cuela el diablo. Necesito un silencio absoluto para trabajar; una palabra dicha a mi alrededor, el menor ruido («aldarull», «brogit», «espetec», «rebombori», «agitació», «bullanga») el menor ruido cotidiano, me atraviesa como una aguja clavada en la vértebra. Nada hiere tanto la prosa como el ruido del mundo, la algarabía necia de las cosas en movimiento. Preciso un silencio fabricado contra la vida ordinaria. Esa irritabilidad neurótica acaso sea criticable, pero sin ella no avanzo ni una línea. La prosa, el poema, exigen una vigilancia continua, un estado de tensión semejante al de la fiebre o el enamoramiento, o al del inicio de una revolución; para mantenerlo, el silencio es indispensable, un silencio sideral, mineral, monstruoso.
Todo ruido, por mínimo que sea, me expulsa del estado de percepción intensa y concentrada, la patria de mi fogón literario. Mi irritación ante la más leve perturbación sonora no es un capricho; es la señal de que me he convertido en una especie de instrumento y que cualquier roce o pulsación indebida desafina las cuerdas. He llegado a temer la rueda dentada de la vida: los pasos humanos cuando trabajo, las conversaciones de los vecinos, el follón de borrachos en la calle. El silencio que necesito tiene la densidad pura de un diamante.
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No soy el único: otros escritores han sufrido esta tiranía del silencio.
«Para escribir necesito un silencio tan profundo que no se encuentra en la naturaleza; hay que construirlo. El más leve ruido -una tos, una silla que cruje, un pájaro que insiste en su canto- me hiere físicamente. Me encierro, clausuro ventanas, pongo cortinas dobles. Mi espíritu trabaja en un laboratorio de quietud donde hasta la respiración debe ser medida. El silencio no es un espacio: es un instrumento», Juan Ramón Jiménez.
«El silencio es la patria del escritor. Un silencio tan grande que todo sonido se vuelve sacrilegio. Cuántas veces he visto arruinada una página por un ruido que otros ni siquiera perciben: el carro que pasa, el vendedor que grita, la conversación distante. Escribir es escuchar la voz que solo habla cuando el mundo calla. Y el mundo nunca calla lo suficiente», Azorín.
«Mi poesía nace en un clima de recogimiento extremo. El ruido me expulsa del poema. Se diría que cada sonido abre una grieta en mi conciencia y deja escapar la imagen que estaba por llegar. No puedo compartir esta necesidad con nadie: sería como explicar que la sangre necesita silencio para circular», Cernuda.
Invocado el silencio, éste deja pasar las palabras exactas.
