Ad populum 26

La autobiografía es un acto de exhibicionismo y una distracción. Lo único que puedo decir de mi vida está ya en mis textos, de forma más exacta de lo que podría ponerla en prosa expositiva. Escribirse a uno mismo es una complicación que no deseo.

Algo semejante afirmó Beckett; permítanme contradecirle. Mi vida es digna de ser contada; he sido -¿soy?- espía, fui torturado, me intentaron matar dos veces, estudié durante varias décadas, leí miles de libros, conozco secretos de Estado, he escrito, viajé bastante; mi vida ha sido como una novela policíaca, de intriga y emoción curiosas. He sido varios, por lo que me complacería explicarme y justificarme. Mi vida es real, pero mi obra, en cambio, se suspende en la ornamentación, el camuflaje, la distracción y la añagaza. No me horroriza la transparencia, pese a que la memoria, obvio señalarlo, siempre deforma, simula y suprime.

Acuerdo plenamente con Ortega: «La vida es el argumento esencial de cada hombre, y por eso la biografía es el género más profundo de cuantos puede escribir la prosa. En la biografía vemos cómo una vocación lucha con las circunstancias, cómo un destino se abre paso. No es un relato anecdótico, sino la revelación de un drama interior. Conocer a un hombre es seguir el hilo de su vida, ver cómo se hace a sí mismo cada día».

NOTA BENE: En conversaciones con mis superiores se me deniega la posibilidad de escribir una autobiografía, y yo, bien sûr, soy muy disciplinado.

Deja un comentario