
Poesía, mujer reclinada en el fondo de la calesa, muy hermosa, riendo y abanicándose, mujer joven y casquivana, ataviada manolescamente con peinetas de teja y pañolones de crespón. Modelo aturdiendo con sus frescos pechos y sus vestidos de alta costura de Chanel. Yo siempre busqué tus labios de cálido enjambre de abejorros.
Fui poeta. Ahora no. Ahora soy un ex-convicto de la poesía. Esa poesía, de la que logré aproximaciones infinitesimales, que engrandece la mente al despertarse en ella una sucesión de imágenes y pensamientos que nos hacen sentir la unidad del mundo. Esa poesía que transmuta todo lo que toca.
¡La mano tendida! ¡El nombre exacto de las cosas! ¡El desbordamiento de sentimientos poderosos recordados con tranquilidad! ¡La revolución que legisla el mundo! Poesía: una belleza casi insoportable, una plenitud tan natural y tan rica que el mundo alrededor parece desvanecerse. Cuando se inclina, el aire a su alrededor cambia de textura, como si el espacio mismo la deseara. Sus movimientos son de una precisión sensual que no buscan seducir, pero que inevitablemente seducen. No hay en ella caricatura del erotismo, sino su forma más alta y luminosa:
la de una gracia que no sabe que es gracia. Eso es poesía, así es el poema.
¿Poesía? Encantamiento, emoción, organización exacta de la emoción. Nombrar y despojar. Lugar que solo un necio se atrevería a fotografiar. Lapislázuli. Hidrología. Organismo vivo en el que el instante resplandece. Tensión musical, forma bioluminiscente. Transustanciación de la materia.
Una gata joven, principesca e intimidante, de majestad tropical, luz propia, de fiebre y felino arrebato veraniego. Cara a la vez inocente y desafiante, voluptuoso imán, de independiente ronronear, y aristocrática, águila de las nieves, y leopardo y luna.
Una gata demasiado hermosa para la vida cotidiana.
