Ad populum 29

Se me ocurren decenas de ideas; mi mente fluye como un torrente encabritado. Siento como si una mano divina me guiase. No hay recompensa económica o de lectores a lo que escribo, solo la certidumbre (y el placer) de la expresión encapsulada, pescada con esfuerzo, y la fatiga de haber luchado titánicamente contra la natural estupidez del lenguaje y de su sombra, nuestro inútil cerebro. Yo creo en la frase bien elaborada, cincelada en detalles exactos. El escritor no es un profeta, sino un artesano que intenta darle a las cosas un poco más de sentido. Y debe trabajar cada día, incluso sin ganas.

Puedo permitirme el lujo de escribir diez o doce horas al día, cada día, porque no trabajo. Durante más de veinte años trabajé como funcionario discreto de un gobierno extranjero; clasificaba papeles, redactaba informes, analizaba información; y de noche, cuando el cuerpo estaba exhausto, intentaba componer versos y leer por mi cuenta. A veces temí que la oficina me hubiera devorado la vida interior. La tarea administrativa, con sus rituales mecánicos, puede matar el espíritu si uno no está vigilante.

¿Trabajos? En una biblioteca hubiera sido feliz. Es un oficio apacible, silencioso, que permite habitar entre los libros como quien vive entre jardines babilónicos. O corrector de imprenta o traductor o profesor, oficios que tampoco me hubieran disgustado. O científico, sí, sobre todo eso, científico, para aprender exactitud, rigor, paciencia. La ciencia te entrena para desconfiar de las palabras vagas, ambiguas y confusas y, encima, limpia la prosa.

Me asombra Bolaño: «Nunca tuve un trabajo de verdad. Fui camarero, vigilante nocturno, basurero, pero nada duraba. Escribir era lo único que permanecía. Creo que el escritor, para ser libre, debe conocer la intemperie del mundo laboral». El dinero es importantísimo; un amo terrible, pero un excelente sirviente. El dinero, por sí mismo, es completamente insignificante. Solo adquiere significado cuando circula, cuando se transforma en acción, en pensamiento, en cosas. Pero la mayoría de los hombres no lo usa; lo acumula como si temiera que el mundo se terminara mañana. El dinero, sorprendentemente, puede ser una forma de total libertad espiritual, aunque, claro, no deba convertirse en nuestro único dios.

Como decía Pla, el dinero no da la felicidad, pero tampoco estorba nada para encontrarla.

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