Ad populum 31

Acaso me llamen presuntuoso irreal y arrogante jactancioso, pero, gracias a mis libros, ya puedo sumarme a los versos proféticos de Horacio («Odas», III, 30):

«He levantado un monumento más durable que el bronce,
más alto que la regia mole de las pirámides.
Ni la lluvia destructor ni el aquilón rabioso
podrán destruirlo, ni el curso infinito de los años
ni la huida de las edades.
No moriré del todo».

Ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni la dentellada voraz del tiempo, borrará mi nombre: viviré en la boca de los hombres. Si hoy no me entienden, mañana lo harán; pues nunca faltará siglo que reconozca lo que otro despreció. El gusto mudable del tiempo puede desdeñarme ahora, pero no podrá impedir que la fama me reclame cuando convenga. Presiento en mí una posteridad soberbia (si me equivoco será un error feliz)

Cuando yo sea sombra, hombres del futuro me harán justicia. Bien sé que mis libros no han tenido el favor de los lectores de hoy, pero están escritos con verdad y genio, y el genio llega siempre donde quiere. No me sostiene la soberbia, sino la certeza de mi energía.

Escribí para la eternidad.

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