Tu quoque 1

Solo cuando perdemos a un ser querido comprendemos que la muerte estuvo allí desde siempre, merodeando en torno a nosotros como una peonza, aguardando el momento oportuno para irrumpir en nuestro perimundo. Entonces, lo que parecía inmutable se desvanece, las certezas se acaban, la música sangra, y la vida ya no es la misma: la muerte ha dejado caer una gota de su esencia pestilente en nuestro corazón sin posibilidad de enmienda.

Se acerca mi muerte (lo percibo con infalible intuición), y, sin embargo, lo que más atormenta no es el trivial hecho de dejar de existir, sino la sospecha, creciente, abrasadora, punzante, de haber vivido una vida errónea. Esa duda me invade tan fuerte que anula el terror a la muerte. Morir no es estrictamente lo terrible: lo terrible es comprender que fabriqué mi existencia en falso, que las ambiciones, las cortesías, las poses, el teatro social, el aislamiento de enfermo, no son nada frente a la evidencia feroz de la muerte.

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«Voy tomando conciencia, con una lucidez que a veces roza la serenidad, de que la muerte no es algo que me ocurrirá en un futuro remoto, sino una tarea en la que estoy ya ocupado. Cada día entrego un fragmento de mí a la nada, cada noche algo se desprende silenciosamente. Morir consiste en ver cómo lo que parecía firme se diluye en ese vasto movimiento de retorno. No me asusta: me he ido preparando sin saberlo. Solo temo una cosa: no haber sido digno de mi propia muerte», Margueritte Yourcenar, «Memorias de Adriano».

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CODA

No se andaba con nimiedades.
Amaba a la vida, a su familia,
a la música, los arabescos de las
metáforas, y el fondo impenetrable
del día donde los ojos rehúyen
la obscuridad. Palpitaba con el dorado
crepuscular de una muchacha.
Y, al atardecer, todavía le gustaba
bañarse en el mar. Todo acaba.
Ejecutó de modo vacilante la escritura.
Pero la Nada lo lleva a la Muerte.
Serenas ruinas, cerezas en los árboles:
vino de lo eterno y mira ya lo eterno.

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