Tu quoque 19

La escuela y la universidad no forman, en sentido estricto, escritores; adiestran mentes obedientes para soportar horarios, memorizar, responder a exámenes, ajustarse a modelos previsibles.

Esto choca con la vocación literaria, sin duda, pero, si bien se mira, también la ejercita en resistencia, paciencia y trabajo a largo plazo. Y ayuda a conocer estructuras (lógicas, históricas, científicas), a tener un lenguaje no literario en la cabeza, a pasar por saberes ajenos. Este «espesor» es un buen metal para el futuro escritor.

Acuerdo, una a una, con las palabras (que parafraseo) de Borges: «Mi educación fue, en apariencia, bastante tradicional: estudios secundarios, lenguas clásicas, lecturas canónicas. Sin embargo, lo esencial ocurrió fuera del programa. La escuela me enseñó disciplina; la biblioteca de mi padre, libertad. Años después comprendí que incluso aquello que me había aburrido -la gramática, la lógica, el latín- había dejado en mí una estructura invisible que seguía operando cuando escribía».

Mi educación fue alto-burguesa, ordenada, rigurosa (instituto, universidad, viajes al extranjero) e idiomas, clases de dibujo para señoritas, clases de música para aficionados y principiantes. Durante años me pareció ajena a mi vocación poética. Solo más tarde entendí que esa formación histórica, musical -y también científica-, esa cultura general, daba a mis libros una densidad que un mundo puramente verbal no habría podido producir.

En mi caso, por ejemplo, mi influencia lógica-matemática me dejó, además, una ética: desconfiar de las palabras que no pueden definirse; sospechar del suflé explicatodo; tolerar la charlatanería solo como máscara consciente; preferir la exactitud a la grandilocuencia. Las ideas deben sostenerse, no apenas insinuarse como «obiter dicta» sin prueba.

La educación, cuando es verdadera, no transmite opiniones, sino hábitos mentales. Sin estos hábitos, ni la escritura ni el juicio son posibles.

El poeta ignorante se abandona al azar; el formado, gobierna su imaginación.

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