Tu quoque 20

Debemos evitar el desprecio elitista a las masas que degenera en deshumanización (cuando yo incurro en él, soy consciente de su paralogismo, y solo lo menciono a modo de provocación retórica)

La dignidad no se gradúa por capital cultural. Padecer menor formación, menor gusto o menor complejidad intelectual no equivale, «obviously», a menor valor humano.

No todos tendrán el mismo grado de conciencia cultural, no por destino, sino por desigualdad de condiciones y por la dificultad de la excelencia.

El pueblo propende a banalizar valores, piensa con impulsos afectivos y no suele salirse de los clichés. Con ingenio brillante, pero desprecio corrosivo y cínico, Mencken escribió: «La democracia es la adoración de chacales por asnos. El ciudadano medio es estúpido, y cuanto más estúpido, más convencido de su derecho a mandar».

Despreciar a la gente corriente es uno de los vicios más comunes del intelectual. Es fácil hacerlo desde una biblioteca. Más difícil es vivir con ellos, comprender sus miedos, su cansancio, sus pequeñas lealtades, sus derrotas, su lucha, enfangarse en sus limitaciones, habitar sus vidas a menudo brutales. Nada es más peligroso que creer que algunos hombres son menos humanos que otros. En ese instante, todo está permitido.

La verdadera grandeza consiste en no renunciar ni a la lucidez ni a la fraternidad. Lucidez para saber que sabios siempre serán pocos y fraternidad para no expulsar al iletrado de tu comunidad moral. Los intelectuales suelen imaginar que el error, la ilusión y la crueldad son rasgos de otros -las masas, los fanáticos, los ignorantes-, no de ellos mismos. Esta fantasía es una de las más peligrosas que ha producido la modernidad.

Nietzsche, que no era nazi, afirmó una filosofía agresiva: «La compasión por los débiles es el instinto de los decadentes. La humanidad debe aprender a sacrificar sin remordimiento aquello que la frena». Y Heidegger, que era nazi, acusó a las masas de incapaces de pensar: «La nivelación democrática destruye toda posibilidad de grandeza esencial. El hombre corriente no puede pensar el ser».

La creencia de que algunos hombres están destinados a gobernar porque ven más claro que otros es una superstición tan peligrosa como cualquier dogma religioso. Los intelectuales no están menos sujetos a la ilusión que aquellos a quienes desprecian. La diferencia es que sus ilusiones suelen venir armadas con teorías. Los proyectos políticos más crueles del siglo XX nacieron de una idea simple, que la humanidad podía dividirse entre quienes comprendían la historia y quienes debían ser arrastrados por ella.

Puedo y debo criticar la banalidad, exigir rigor, defender la alta cultura, lamentar la mediocridad dominante. Pero sé que no puedo ni debo (a menos que sea una falacia intencional) retirar humanidad al analfabeto, convertir la ignorancia en culpa o transformar desigualdad cultural en jerarquía moral.

No desprecio a las masas; desconfío de los sistemas que las simplifican. No idealizo al pueblo, pero me niego a retirarle humanidad. La banalidad no es un vicio moral, sino el resultado previsible de condiciones que premian la facilidad y castigan la dificultad. Defender la cultura no consiste en erigirse en casta, sino en sostener la exigencia sin convertirla en jerarquía moral. El intelectual no es un ser superior. Solo debe ser alguien más responsable.

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