
Mi mente vagabundea, errática, de modo natural. Me estiro en el sofá, cierro luces y persianas, y, en desorden o anarquía, no me sujeta nada apremiante ni decisivo ni principal. Salto de aquí para allá como un ebrio caballo de ajedrez. Pienso; y me olvido de lo que pienso. Siento; y me olvido de los sentimientos. Sueño; y me olvido de los sueños. Un pensar sin rey. Un razonamiento poseído por una algarada popular espontánea. Pensamientos que nacen cuando no pienso. La única dirección es la de una mariposa movida por el viento. Descanso en una incoherencia libre y tibia. Imagino; y no recuerdo qué imagino. Se ordena algo en mí; y no recuerdo qué se ordenó. Asociaciones laterales en un jardín en penumbra con estatuas dieciochescas.
Pero, tras estos momentos, se dispara la conciencia creativa. Esa inutilidad o haraganería enciende unos ecos o resonancias que resultan muy útiles en tareas creativas (el oficio de pintor, escritor, matemático etcétera.) La mente errante, en mi caso, tiene unas afinidades, una memoria, unas conexiones y un ritmo que se traducen en un flujo de palabras enhebradas, esta vez sí, con lógica.
Te distraes y te pierdes para después encontrar. Un remanso para que el río recobre su caudal.
