Tu quoque 22

No escribo con cálamo romano en un pergamino alemán mediante tintas minerales desde una cueva de Islandia. Escribo en una red social. Pero escribir en redes no invalida la crítica misma a las redes, al contrario, la vuelve más lúcida.

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Las tecnologías digitales no solo cambian la manera en que leemos, sino que alteran la estructura misma de nuestra atención y, con ella, la profundidad de nuestra vida interior. La lectura sostenida -aquella que permite la formación de una conciencia reflexiva e histórica- se ve erosionada por una cultura de fragmentos, de estímulos inmediatos, de saltos constantes. No se trata de nostalgia, sino de una constatación: la interioridad requiere tiempo, silencio y continuidad, tres cosas que el entorno digital tiende a disolver.

Internet se ha convertido en un sistema de interrupción permanente. Nos entrena para escanear, no para profundizar; para responder, no para contemplar. Cuanto más utilizamos la red, más difícil se vuelve sostener un pensamiento largo, lineal, paciente. No es que seamos menos inteligentes; es que estamos siendo reprogramados para un tipo de inteligencia reactiva y superficial.

Neil Postman, «Tecnópolis», Ediciones El Salmón, pág. 48: «Toda tecnología es una metáfora encarnada. Reordena lo que consideramos importante, verdadero o digno de atención. Cuando una cultura se entrega sin resistencia a un nuevo medio, termina pensando como ese medio exige. No preguntamos ya si algo es verdadero, sino si es interesante, visible, compartible».

Una cultura que abandona el silencio y la dificultad abandona también la posibilidad de la grandeza. El ruido constante no es democrático, sino empobrecedor. La alta cultura siempre ha sido minoritaria, no por elitismo, sino por exigencia.

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Thomas Redgrave (1787–1833), tejedor de medias («framework knitter»), casado y con dos hijos, se relacionó con círculos luditas locales, en Loughborough, Leicestershire. Trabajó desde joven en un telar doméstico alquilado, cobrando por pieza. A partir de 1810, la introducción de nuevos telares mecánicos y el sistema de subcontratación industrial redujeron drásticamente los salarios, al tiempo que aumentaban las jornadas y empeoraban la calidad del producto.

Redgrave no fue un agitador político ni un teórico. Entre 1811 y 1813 participó en reuniones clandestinas de artesanos afectados por la mecanización. En la noche del 14 de febrero de 1820, Redgrave fue uno de los cuatro hombres implicados en la destrucción parcial de dos telares mecánicos en un pequeño taller cercano a Arnold. La acción fue torpe, mal organizada y rápidamente delatada. Redgrave fue detenido al día siguiente.

Durante el juicio -breve y sin la defensa adecuada- negó ser enemigo del progreso, afirmando únicamente que “una máquina no debe dejar a un hombre sin pan”. Esta frase fue recogida de forma hostil por la prensa local. Fue condenado a trece años de trabajos forzados por destrucción de propiedad industrial, una sentencia excepcionalmente dura incluso para la época.

Thomas Redgrave murió el 3 de noviembre de 1833, oficialmente por “debilidad general y afección pulmonar”. Tenía 46 años. No se practicó autopsia. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común, sin lápida, en el cementerio anexo a la prisión.

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Nosotros no hablamos de telares ni de fábricas, sino de algo más profundo: la erosión de la vida interior por un entorno tecnológico que acelera y fragmenta la atención. Thomas Redgrave encarna exactamente esa pérdida, en una fase primitiva y brutal.

Donde nosotros diagnosticamos la pérdida de profundidad del lector digital, Redgrave sufre la pérdida de profundidad del artesano. En ambos casos, el individuo ya no controla el ritmo ni la forma de su atención.

Redgrave no tenía palabras para decir “neuroplasticidad”, pero su frase en el juicio -“una máquina no debe dejar a un hombre sin pan”- expresa ya nuestra intuición central: cuando la herramienta dicta la forma de vida, algo humano se empobrece.

El telar mecánico democratizó la producción, pero arruinó el valor del oficio. La red democratiza la expresión, pero arruina el valor del juicio. Asimismo en Redgrave vemos el momento exacto en que el medio -la máquina- empieza a gobernar los fines.

Neguémonos a que la técnica y las redes dictaminen el sentido de nuestra vida.

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