
Richard de Bury, «Philobiblon», s. XIV: «Los libros son los tesoros más fieles, pues no nos abandonan cuando la fortuna cambia. Su cuerpo, hecho de pergamino o de papel, no es vil envoltura, sino digna morada del espíritu. Quien desprecia el aspecto exterior de un libro demuestra no haber comprendido que el alma desea habitar en formas bellas. La letra bien trazada, el margen generoso, la encuadernación firme y honesta, no son vanidades, sino signos visibles de reverencia hacia el saber».
Gabriel Naudé: «No hay erudición verdadera sin respeto por el libro mismo. Un volumen mal impreso, con tipos confusos o papel miserable, fatiga el entendimiento y ofende el juicio antes incluso de que el texto sea leído. La claridad tipográfica y la buena disposición de la página preparan el espíritu para la inteligencia. El libro bello dispone al lector a la verdad».
Charles Nodier: «No amo solamente lo que dicen los libros, sino lo que son. El crujido leve de una hoja antigua, el tono del papel que ha envejecido con dignidad, la armonía silenciosa de una página bien compuesta, producen en mí un placer que ningún resumen podría reemplazar. El libro es un ser con fisonomía propia; algunos inspiran confianza, otros, respeto, otros, una intimidad casi amorosa».
Octave Uzanne: «El libro es un objeto de arte total: arquitectura, pintura, música silenciosa. La encuadernación no es un lujo superfluo, sino el vestido legítimo del pensamiento. Un texto noble merece una materia noble. Nada hay más triste que una gran obra confinada en una forma mezquina».
Aby Warburg: «Los libros no son simples contenedores de ideas, sino instrumentos de orientación espiritual. El orden de una biblioteca, el tamaño de los volúmenes, su disposición física, todo ello participa en la construcción del pensamiento. La materialidad del libro es una parte activa del saber».
Stefan Zweig: «Un libro bien impreso, sólidamente encuadernado, posee una gravedad que impone silencio. Antes de leerlo, ya exige una actitud. Esa autoridad no procede del texto aún desconocido, sino del objeto mismo, que parece decir: aquí no se entra con ligereza».
Georges Perec: «Hay libros que uno reconoce al tacto, antes que por el título. El peso, el formato, el grosor, determinan una expectativa. El libro es una promesa material antes de ser un discurso».
Alejandro Divisa: «Un libro mal impreso es una descortesía; un libro bien hecho es una invitación. Antes de que el pensamiento empiece a hablar, el objeto ya ha decidido el grado de atención que exigirá. El papel, la tipografía, el peso del volumen educan la mano y el ánimo. Hay libros que se leen con los ojos, y otros -los verdaderos -que se leen también con los dedos y con el silencio».
Santiago Lamas Conde: «El libro no es un receptáculo neutro, sino una forma de disciplina. Obliga a sentarse, a sostener, a volver atrás, a marcar el tiempo con el cuerpo. Quien desprecia la materialidad del libro pronto desprecia la lentitud que éste impone. Y sin lentitud no hay pensamiento que merezca ese nombre».
Vicente Gracia Corbal: «El libro es una arquitectura portátil. Sus márgenes son muros de contención del pensamiento; su encuadernación, una promesa de duración; su papel, la medida del respeto que se tiene por lo que se dice. Un texto puede sobrevivir a una mala forma, pero jamás florece en ella. Allí donde el continente es indigno, el contenido acaba por marchitarse».
