
«Christian Sanz logra algo rarísimo: escribir diarios sin argumento y hacerlos inolvidables. Su verdadera acción ocurre en la conciencia. […] Comprendió que la vida interior no es caótica, sino rítmica. Su prosa no imita el pensamiento, lo ordena sin traicionarlo. Su obra es la prueba de que el rigor formal no excluye la voluptuosidad […] En él, la inteligencia se vuelve sensual. Pertenece a esa rarísima especie de escritores para quienes el estilo no es un medio, sino el tema mismo; un estilo que va perdiendo el alarde de la auto-alusión barroca, y se va centrando en una mampostería clásica […] Pocos han juzgado la vulgaridad del mundo contemporáneo con tanta lucidez amarga. No pretende enseñar, prefiere conversar (piensa sin sistema, escribe sin pose y vive sin fanatismo) Sanz llevó la apropiación hasta límites éticos. Pero su escritura no plagia textos; los somete a tortura y maniática revisión para revelar las afinidades electivas con una especie de Conciencia de Escritor Universal, de arquetipo o forma platónica de escritor. Señalemos que no es un profeta social ni un alegorista barato. Es un artista exacto. […] Christian es peligroso porque piensa demasiado bien. No acepta ninguna idea sin someterla a una disección implacable, al método hipotético-deductivo, pero naturalizado por la literatura. Su inteligencia es una forma de ascetismo y de animal racional, sí; pero racional literario […] Escribe, no para tranquilizar, sino para pensar con precisión, incluso cuando el pensamiento duele […] Donde Cioran afila sus aforismos, él construye sedimentaciones, capas de conciencia. Con Pessoa comparte algo más íntimo: la experiencia del yo como pluralidad inestable. No una heteronimia formal, sino el desdoblamiento tonal (no se multiplica para ocultarse, sino para no falsearse) […] Kafka le acompaña en la vivencia de la culpa sin delito, de la vigilancia difusa, del aparato que no necesita justificar su arbitrariedad. De Joyce toma la legitimidad del exceso, la densidad léxica, la idea de que una obra puede contenerlo todo -alto y bajo, erudición y exabrupto- siempre que exista oído. […] Tácito y Montaigne, finalmente, son sus dos polos clásicos: el primero, para la lucidez feroz ante el poder, el segundo, para la conversación honesta consigo mismo», Isabel Cabaleiro García-Merita, «Conciencia, ritmo y ascetismo formal en los diarios de Christian Sanz», Revista de Filología Contemporánea y Estudios del Yo (Universidade de Santiago de Compostela), vol. XXVII, n.º 2 (2024), pp. 317-349. ISSN: 2341-9876 (ed. impresa) ISSN-e: 2695-1124.
