Tu quoque 26

Insomnio. La noche se llena de una atención inútil, tensa, color rata-betún, como si uno estuviera en guardia ante un inminente peligro. El cuerpo quiere rendirse, duelen las vértebras y la cabeza y el estómago, pero la conciencia se obstina en permanecer despierta, como si temiera que al dormir se muriera uno de golpe. El insomnio es una pesadez vertiginosa, una tenaza que te arranca los dientes; el insomnio convierte el paraíso en una cámara de tortura. Todo se vuelve problema: el hecho de existir, el hecho de respirar, el hecho de saber que morirás. El día permite acumular engaños; la noche en vela los anula todos.

Esperas que el cuerpo ceda, que el pensamiento se canse de sí mismo. Rumias como un satélite loco girando velozmente alrededor de cualquier sol harapiento. Pero el pensamiento no se cansa; te repite, te apaliza, hurga en la llaga. El insomnio no es actividad, es inmovilidad agresiva bajo un tsunami de obsesivos fantasmas interiores.

Agotador y peligroso. Y muy cruel. El insomnio no te deja en paz. Pensar es una obligación, no una elección. Piensas hasta el agotamiento y el agotamiento no te trae el sueño. Te remueves en la cama horas y horas. Un tiempo que no avanza, que se espesa, que se pega al cuerpo como una sanguijuela. El insomne no vive la noche: la padece como un veneno. La noche saca la verdad a golpes. El insomnio es como una borrachera: mareo, náusea, angustia.

El día miente; la noche, no.

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