Tu quoque 27

De pronto (y varias veces al día) el horror. Siento que algo se quiebra dentro de mí. No es dolor, es peor que el dolor: una presión intolerable en el pecho, como si me faltara el aire y, al mismo tiempo, me sobrara el mundo entero. El corazón late violentamente. Y sin motivo, como si hubiera sido liberado de cualquier regla. Todo adquiere una claridad monstruosa: cada ruido, cada movimiento, cada pensamiento me atormenta. Comprendo entonces que puedo morir, no de una enfermedad, sino de una dentada de «aísthesis», de una abrumadora sensación. Y en ese mismo instante.

Miedo a lo inconcreto, a nada y a todo, a las cosas y al vacío que ocupan las cosas, miedo al hecho mismo de ser y estar, de existir aquí y ahora. Y el pensamiento no ofrece consuelo ninguno; muy al contrario, multiplica la opresión, los nerviosos vidrios por la sangre.

La angustia no llega nunca como una mera emoción desnuda, sino como una proposición o tesis sobre el mundo. De pronto todo se vuelve frágil, inestable, como si lo real pudiera deshacerse al igual que un puñado de arena en la playa. El cuerpo tiembla, la mente se acelera, y uno siente que no hay refugio alguno, que llegó el fin.

En mí es una experiencia profundamente humillante y recurrente; como estar a merced de lo peor de sí mismo.

No deseo morir, pero tampoco puedo vivir así.

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