
Mi enfermedad no es el dolor, sino la inacción. Comprendo perfectamente lo que debería hacer la geología de la voluntad, y, sin embargo, no hago nada. La voluntad, insisto, se me presenta como una lejana hipótesis teórica. Vivo en un estado de preparación permanente, esperando una energía, un arranque, una voracidad que no aparecen. Mi conciencia se fatiga solo de moverse. Mis miembros se fatigan solo de permanecer pegados al cuerpo. Sin impulso interior, los gestos me parecen tan irrelevantes como gratuitos. Puedo analizar, acaso comprender, pero no así comprometerme.
Todo me parece igualmente inútil antes incluso de empezar. La vida se me presenta como una serie de actos ya realizados por otros, y yo solo los contemplo, sin pasión y sin ganas de participar en ellos. No me falta inteligencia para comprender, sino energía para existir. Vivo sin vibración interior, como un instrumento roto. Nada me arrastra, nada me reclama, nada me subyuga. Estoy cansado antes de haber comenzado. Deseo el sueño eterno. Y todo esfuerzo me parece desproporcionado respecto a su resultado.
Muerte en vida. Una vida sísifica que se ha vuelto un gesto repetido sin entusiasmo.
