Tu quoque 29

Fumo mi Ducados. El cigarrillo piensa por mí durante unos minutos.Cada cigarro es siempre el último; ahí reside su encanto. Mientras el humo sube, los problemas pierden gravedad, niegan espesura. El placer del tabaco es honesto, propio de una filosofía terrestre, sin trascendencia. Acompaña el trabajo intelectual como una herramienta modesta (una azada, un rastrillo, un sombrero de paja para protegerse del sol en la siega)

Encender un cigarrillo como poner en marcha una frase. El humo ayuda a que las ideas encuentren su eufonía, el nombre su díada exacta de adjetivos, el verbo esa animación que no entorpece. Fumar es una manera de esperar sin impaciencia, porque fumar es demorarse reflexivamente en uno mismo.

Fumar: volutas y espirales helicoidales de pureza casi matemática, como si ensayara un algebrista teorías efímeras. Rizos y curvas que tiemblan y se corrigen, que inundan -perfuman- el aire. Pétalos de heliotropo que se disuelven y en la garganta se posa el sabor argentoso de un ramo quemado de alhelí.

Fumar. El más placentero y lujoso hábito.

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