
Michel de Montaigne, «Ensayos», II, “De la presunción”: «Mi memoria se debilita cada día, no de golpe ni por accidente, sino como se apagan las cosas que no se usan. Olvido nombres, fechas, citas que antes acudían solas. No me inquieta: es obra del tiempo, no de una enfermedad. La experiencia me enseña que la memoria es una facultad servil; el juicio, en cambio, puede mantenerse. Acepto esta merma como parte del curso natural de la vida, y procuro no forzarla».
Marcel Proust, «El tiempo recobrado»: «No es que hayamos olvidado de pronto; es que los recuerdos se han retirado a una zona menos accesible, como muebles desplazados a habitaciones que ya no frecuentamos. La memoria se vuelve caprichosa con los años: conserva lo inútil y pierde lo esencial. El tiempo no destruye tanto como dispersa».
Jorge Luis Borges, entrevista tardía: «He notado una disminución de la memoria, no dramática ni dolorosa. Se trata de una pérdida suave, casi cortés. Olvido nombres propios, detalles inmediatos. En compensación, ciertas imágenes antiguas se vuelven más nítidas. El tiempo no borra: selecciona».
Vladimir Nabokov, «Speak, Memory»: «Al revisar mi pasado descubro lagunas no atribuibles al daño, sino al desgaste. La memoria, como una fotografía antigua, pierde contraste. Algunos colores se apagan, otros sobreviven con una intensidad inexplicable. No es una ruina, es una edición».
Christian Sanz: «La memoria se me ha vuelto imprecisa, como un mapa mal plegado. No faltan territorios enteros, pero los bordes ya no encajan. Confundo nombres, mezclo lecturas, atribuyo ideas propias a libros, y libros a sueños. Distingo bien el delirio de la realidad -en eso he mejorado-, pero me cuesta distinguir el ayer del anteayer. La medicación ha puesto orden en el pensamiento, a costa de la memoria disponible».
