
Las ratas siempre me produjeron una repugnancia insoportable. No porque fueran feas, sino porque eran inteligentes de una manera sucia y taimada. Detesto, sí, su inteligencia puramente instrumental, orientada únicamente a la supervivencia.
En mi infancia soñaba que se introducían en mi cuerpo mientras dormía, que me roían desde dentro, no la carne, sino los intestinos y el hígado. Ahora, en mis alucinaciones visuales, las veo poblar mi habitación con una agilidad blasfema, como si aquel lugar les perteneciera desde antes de que el hombre existiera en la tierra. Al abrir o cerrar los ojos veo ratas. Ratas. Ratas enormes, de un asqueroso color casi pardo, con ojillos vítreos y pelambre pulgosa. Ratas. Repugna la idea de su sangre caliente, de su carrera súbita saliendo de los rincones de la casa, de su gorjeo agudo en mitad de la madrugada. Saben que el mundo es una cloaca, una abyección. Lo subterráneo, lo húmedo, lo clandestino, lo viscoso, la basura. Verlas es como percibir un pensamiento indigno atravesar la conciencia. Ratas en los párkings, en las aceras, entrando en las cocinas de los restaurantes y en los baños de los asilos de ancianos.
Hay animales que se temen con la cabeza; las ratas se temen desde la piel.
