Tu quoque 32

Soy de la generación de la televisión. Un aparato peligroso no por su contenido, que también, sino por lo que hace con el tiempo. La gente, sumándolo a ello las redes, ya no conversa, ya no discute de ideas; se siente frente a una pared parlante que no exige nada.

No odio la tecnología; odio cualquier cosa que nos impida pensar, pues lo típicamente humano es desarrollar nuestras dimensiones epistémicas. La televisión, cuando se convierte en hábito central, casi único, es una anestesia perversa del espíritu.

Yo, que nací en una familia convencional burguesa, recuerdo, en mi joven adolescencia, los programas de tertulia de Sánchez Dragó y las películas de arte y ensayo en la 2. Recuerdo a Villena y Pombo en discusiones histriónicas. Ese hoy sería rigurosa mecánica cuántica. Ahora la cultura televisiva no persuade, sino que distrae, modela, homologa, educa muy negativamente. David Foster Wallace, “E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction” (1993): «Crecí con la televisión. La televisión fue mi niñera, mi referencia cultural, mi lenguaje común. El problema no es que sea estúpida, sino que es irónicamente consciente de su propia estupidez y la utiliza como escudo. La televisión enseña a desconfiar de toda emoción sincera. Por eso resulta tan difícil escribir con honestidad en una cultura saturada de pantallas».

Borges: «Nunca he visto televisión. No la necesito. Me dicen que muestra muchas cosas interesantes, pero yo prefiero imaginarlas. Sospecho que la televisión es una forma de pereza visual. Prefiero un libro: exige más, y da más». Y Emil Cioran: «La televisión me parece una invención demoníaca por su capacidad de ocupar el tiempo sin dejar huella. Uno pasa horas frente a ella y no recuerda nada. Es el triunfo de lo insignificante elevado a sistema. Prefiero el aburrimiento: al menos el aburrimiento puede conducir al pensamiento».

«La televisión no nos informa; nos entretiene. El problema no es que la televisión nos muestre cosas falsas, sino que nos muestre todo como entretenimiento. Cuando una cultura se entrega por completo a la televisión, el discurso público se vuelve imposible», Neil Postman.

La televisión no exige atención, la simula. La caja tonta nos acostumbra a una conciencia permanentemente estimulada pero jamás comprometida. La consecuencia no es la ignorancia, sino la incapacidad de sostener una idea.

Para escribir -y para pensar- el «tempus televisivus» es tiempo tóxico.

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