Tu quoque 33

Disfruto de un poema cuando cada palabra parece inevitable, necesaria como el aire respirado; cuando no puede ser reemplazada por otra sin que toda la arquitectura se derrumbe. El placer poético es emotivo, intelectual y muscular a la vez: es el goce de una maquinaria sensitiva exacta, donde cada sílaba cumple una función, donde cada emoción eriza la médula. El verdadero poema resiste una lectura lenta y repetida.

La poesía no se escribe con la voz con la que hablamos a nuestros amigos, sino con aquella voz con la que hablamos cuando estamos solos. Un poema verdadero nace cuando una emoción encuentra su forma rítmica justa: justicia del yo íntimo.

Decía Yeats que él no escribía para expresar emociones, sino para liberarse de ellas. En el poema bien logrado se impone una forma tan estricta que la emoción queda transfigurada. Son emociones estilizadas, destiladas, talladas, cinceladas. Pero, a mi juicio, la piedra de toque de un poema sigue siendo su encantamiento emocional, su duende, su voltaje sentimental.

Coincido con Borges: «No creo en la inspiración romántica. Creo en la corrección paciente. He rehecho poemas durante años para que parezcan escritos en una tarde. El placer está en la exactitud, en llegar a una forma tan clara que parezca inevitable, como si siempre hubiera existido».

¿Cómo me surgen los poemas? Escucho. Se impone una música en mi mente que viene de no sé dónde; una música que todavía no tiene palabras. La dejo macerar, incubar dentro de mí. Luego, al escribir -al traducir esa música-, intento no estropear demasiado con mis palabras la majestuosidad de esa melodía primordial. Y disfruto cuando siento que el lenguaje del poema tocó fondo, que hizo pie.

Mi poesía es moderadamente meditativa; me gusta prolongar en ella el placer de pensar. A veces, en cambio, mis poemas son indiscretos y maleducadamente expresionistas. Me apena cuando su lenguaje se va de vacaciones, o cuando fluye y brota con sospechosa facilidad. Sé que un solo verso puede requerir años; que los poemas llegan como órdenes implacables -inútil que uno pretenda buscarlos-. Y sé también cuán arduo es el equilibrio entre tensión y reposo, entre voluptuosidad y ley.

Hablando seriamente, no soy poeta; soy apenas un diletante aprendiz de poeta.

Deja un comentario