
«Leer biografías es uno de los placeres más complejos que ofrece la literatura. En ellas buscamos algo que no se encuentra ni en la ficción pura ni en la historia estricta: el contacto con una vida real sometida a las presiones de la forma. Leemos biografías no solo para saber qué hicieron los grandes escritores, sino para comprender cómo soportaron el peso de su propia conciencia, cómo sobrevivieron a sus días vacíos, a sus dudas, a su trabajo. Una buena biografía nos da la sensación de haber vivido otra vida sin abandonar la nuestra», Virginia Woolf.
«Siempre he preferido las biografías a las novelas. Tal vez porque en ellas hay una modestia esencial: el autor no inventa un destino, lo recibe. Cuando leo una autobiografía de escritor -Johnson, De Quincey, Chesterton- siento que estoy leyendo la novela más honesta posible: la de una inteligencia enfrentada a su tiempo. Las biografías me parecen un género secreto, una forma oblicua de literatura fantástica donde lo increíble es verdadero», Borges.
«No leo memorias para encontrar anécdotas, sino para sorprender el momento en que un espíritu se traiciona. En las autobiografías de escritores hay páginas en las que el yo se desnuda involuntariamente, y ese desliz vale más que mil ficciones. Leer la vida de un escritor es como escucharle hablar cuando cree estar solo. Es un placer delicado, casi culpable, pero profundamente revelador», Proust.
«He sentido siempre una inclinación casi voluptuosa por las biografías. En ellas el espíritu humano se muestra en combate consigo mismo. Cuando leo la vida de un escritor, no busco su gloria, sino sus vacilaciones, sus derrotas, sus horas estériles. Nada me ha enseñado más sobre la condición humana que esas confesiones indirectas, esas verdades dichas a medias que solo una vida narrada puede ofrecer», Stefan Zweig.
«Las autobiografías de escritores son, para mí, un género indispensable. No porque expliquen la obra -casi nunca lo hacen- sino porque muestran el precio que se paga por una sensibilidad extrema. Leerlas es una forma de educación moral: enseñan hasta qué punto la inteligencia puede ser una carga y la lucidez, una herida», Susan Sontag.
«Siempre he leído con particular interés las memorias de otros escritores. Me importa menos lo que escribieron que la clase de vida que les permitió escribirlo. Las autobiografías revelan las condiciones materiales, los miedos y las pequeñas miserias que rara vez aparecen en los libros. Son un antídoto contra la mitificación literaria», Orwell.
«Las biografías son uno de los géneros que leo con mayor delectación. No por curiosidad indiscreta, sino porque en ellas se hace visible el drama radical de toda existencia: tener que ser algo determinado sin haberlo elegido. La vida de un escritor, cuando está bien contada, es una lección de filosofía concreta. Se comprende mejor un pensamiento cuando se ve el suelo vital que lo sostiene. Por eso he creído siempre que una cultura madura necesita buenas biografías», Ortega y Gasset.
«Las memorias de escritores me interesan más que sus novelas, porque en ellas aparece el estilo sin coartadas. El yo se escribe a sí mismo como puede, y ahí se ve el verdadero pulso literario. He leído autobiografías con el mismo placer con que otros leen poesía: buscando una voz, un tono, una respiración», Umbral.
«Las memorias ajenas son una de mis lecturas favoritas. Me gusta ver cómo otros escritores se recuerdan, cómo reconstruyen su pasado, cómo se equivocan incluso al hacerlo. Las autobiografías son siempre libros involuntarios: dicen más de lo que quieren decir. Por eso son tan valiosas», Andrés Trapiello.
