Tu quoque 36

«Yo no he sido nunca un lector tranquilo ni metódico. He perseguido los libros como se persigue a un enemigo o a una amante. Los he buscado en conventos abandonados, en almonedas miserables, en librerías polvorientas donde nadie sabía lo que vendía. Muchos de los libros que poseí no los tuve para leerlos, sino para salvarlos. El libro raro es un náufrago: quien lo recoge contra la ignorancia y el descuido, cumple un deber civil», Bartolomé José Gallardo.

«No estimo los libros por su encuadernación ni por su antigüedad sola, sino por la verdad que contienen y por la fidelidad con que la transmiten. Aborrezco las ediciones corruptas y los copistas negligentes. Un libro mal impreso es un libro mentiroso. He gastado más vida en corregir libros ajenos que en escribir los míos, y no me pesa: quien restituye un texto, restituye una parte de la razón humana», Gregorio Mayans y Siscar.

«He reunido libros no por ostentación, sino por respeto. Un libro mutilado es una injuria; un libro sucio, una vergüenza. Prefiero un volumen modesto, pero íntegro, a una edición famosa estropeada. El verdadero bibliófilo no tolera la falta, el recorte ni la restauración engañosa. El libro es un testimonio, y todo testimonio exige limpieza», Vicene Salvá.

«El libro no es un ente abstracto. Cada ejemplar tiene historia, accidentes, huellas de uso. Quien habla de textos sin haber visto los libros habla en el vacío. He desconfiado siempre del erudito sin polvo en las manos. La bibliofilia no es un capricho: es una forma de conocimiento», Antonio Rodríguez-Moñino.

«He leído libros malos para defenderme de ellos, libros raros para rescatarlos del olvido y libros prohibidos para conocer el error en su fuente. Mi biblioteca no es un adorno, sino un arsenal. Entre estos volúmenes he vivido más que en el mundo, y no me arrepiento», Marcelino Menéndez Pelayo.

«Siempre me han gustado los libros usados, los libros que han pasado por manos ajenas. Un libro nuevo es un poco insolente. En cambio, un libro viejo tiene una modestia, una experiencia. No he creído nunca en las bibliotecas de lujo; me fío más de las bibliotecas desordenadas», Baroja.

«Un libro antiguo no es solo un texto; es un fragmento de tiempo detenido. Al abrirlo, sentimos la presión de las generaciones que lo han leído. Yo no puedo separar la literatura del objeto libro: el papel, el tipo, el formato influyen en la emoción intelectual», Azorín.

«He llegado a amar los libros no por su utilidad inmediata, sino por su resistencia al ruido del mundo. Una biblioteca es una forma de retiro moral. Hay días en que solo los libros me parecen personas fiables», Ridruejo.

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