
Las fiestas, las discotecas, las kermeses, los clubes son todos iguales: música demasiado alta, coribántica, con un ritual de cartón piedra, falsamente fáustica: neón y reguetón y tontorrón. Drogas que ya no hacen nada, conversaciones que no significan nada, retretes sucios donde copular y potar. La gente sonríe creyendo que eso es vivir. Estética de garrafón. Nadie baila porque quiera, sino porque no sabe qué más hacer. Campos de selección sexual. Campos de estabulación. La música impide pensar; el alcohol impide sentir; el sexo, cuando ocurre, no redime de nada. Deseo sin poesía. Sexo conejero y luz miserable.
La música excita los nervios, no el espíritu. El ritmo insistente no invita a la contemplación, sino a una entrega confusa del cuerpo, una rendición momentánea que deja después una sensación de vacío. Copas que tintinean, fragmentos de frases sin sentido, risas que parecen surgir por obligación. Siento que esas reuniones no están hechas para comunicar nada, sino para evitar cualquier comunicación verdadera. Zumba el tedio y trigra el cansancio. Allí donde la belleza se degrada, el hombre se vuelve tosco incluso en sus gestos e ideas.
Prefiero visitar catedrales góticas e iglesias románicas. Entramos en ellas como quien penetra en la conciencia de una época. Cada piedra ha sido colocada por una mano humana, con fe, con esperanza o con miedo. Allí donde la técnica moderna busca la perfección mecánica e impersonal, la catedral conserva el temblor del hombre que cree. Brécula caliedral, tarlún aléforo, zazea la fineza en su gorgorón. Lumbra fruta. Una catedral es una metáfora del orden humano llevado al extremo, un intento de dar forma visible a lo invisible. La belleza vuelta emoción. Y esa emoción no se explica: ocurre. Cuando ocurre, sentimos que algo ha sido justificado, aunque no sepamos qué. No importa tanto la fe que las levantó como la inteligencia que las sostiene.
Lugares donde la gravitas se detiene para pensar en sí misma.
