Tu quoque 39

«La pequeña frase de la sonata, aunque no tuviera para él un sentido intelectual preciso, había llegado a convertirse en algo así como el signo visible de su amor. No era solo música: era una idea, una idea sentida, una idea imposible de traducir en palabras, pero que parecía contener en sí toda la sustancia de una emoción. Cuando reaparecía, no le recordaba su felicidad pasada: la reanudaba […] La música da inmediatamente lo que la vida solo promete. Nos ofrece una emoción pura, liberada de las contingencias prácticas, una emoción que parece venir de un mundo más verdadero que este. Por eso su belleza nos hiere: nos muestra lo que somos incapaces de vivir», Proust.

Cuando una frase musical es perfecta, produce un estremecimiento que ningún argumento racional puede igualar. Detesto la música que se impone por el volumen, el espectáculo o por la insistencia emocional. La verdadera música no arrastra masas: persuade individuos. No invade la mente; la afina. Reina un mal gusto casi universal. El arte auténtico exige atención, no abandono sensual. La música que solicita una entrega confusa del cuerpo sin claridad formal me resulta vulgar, incluso cuando pretende ser profunda (mero cacareo ruidoso)

«Sin música, la vida sería un error. Pero precisamente por eso la música es peligrosa. Hay músicas que nos hacen más lúcidos y músicas que nos narcotizan. Yo exijo de la música claridad, aire, ligereza; no embriaguez ni espesura sentimental», Nietzsche.

Bach: un poco de violeta en los ojos maduros, caída inmensa de una placa de acero en la noche, luz y musgo pegados al silencio.

Deja un comentario