Tu quoque 40

«Un libro bien escrito no se limita a comunicar un contenido; modifica la postura interior del lector. Tras su lectura, uno se sienta de otra manera ante el mundo, como si la inteligencia hubiera aprendido una nueva forma de cortesía», Alois Reuter, «Über das stille Lesen», Leipzig, Insel Verlag, 1928, p. 41.

«Las bibliotecas no son depósitos de libros, sino instrumentos de continuidad. En ellas, una civilización se concede a sí misma el derecho a no empezar siempre de nuevo, a no repetir eternamente sus errores más elementales», María Teresa Albaladejo, «Apuntes de una bibliotecaria», Madrid, Revista de Occidente, 1956, p. 73.

«Leer no es consumir palabras, sino exponerse a una disciplina. El buen libro exige del lector una forma de obediencia activa: atención, lentitud, disponibilidad a ser corregido», Henri Delorme, «La lecture comme exercice moral», Paris, Gallimard, 1947, p. 112.

«Hay libros que informan y libros que forman. Los primeros se agotan; los segundos se vuelven invisibles, pues pasan a integrar la estructura misma del pensamiento del lector», Gustav Heller, «Vom Wert der Bücher», Frankfurt am Main, Suhrkamp, 1963, p. 29.

«La lectura verdadera no busca distracción ni evasión. Busca un tipo muy preciso de placer: el placer de la claridad lograda sin violencia, de la complejidad ordenada», Élise Montfort, «Plaisir et rigueur», Genève, Éditions du Trient, 1939, p. 56.

«Un gran libro no halaga al lector: lo obliga a crecer para estar a su altura. Por eso, al releerlo años después, no reencontramos el mismo texto, sino a un lector distinto», Clara M. Houghton, «On Rereading», London, Faber & Faber, 1968, p. 64.

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