Tu quoque 42

«Orense era para mí una ciudad de recogimiento, casi monástica, aún en sus horas de bullicio. Todo parecía suceder hacia dentro. La gente hablaba bajo, como si temiera despertar a algo antiguo que dormía bajo las losas. El Miño no era un río para ser mirado, sino para ser pensado. Y las Burgas, con su agua que brota caliente del fondo de la tierra, daban a la ciudad un aire de secreto geológico, de confidencia ancestral. Orense no se exhibía: se reservaba», Eduardo Blanco Amor.

«Orense es una ciudad seria, calurosa y meditativa. No se parece a ninguna otra. Tiene algo de claustro, algo de aula y algo de taberna antigua. El orensano no es expansivo: es reflexivo. El calor del verano y el de las aguas termales parecen invitar no a la fiesta, sino a la quietud. En Orense se suda y se piensa. Y no es mala combinación», Camilo José Cela.

«Ourense tiene un aire de ciudad que ha leído mucho y ha hablado poco. Sus calles saben más de latín que de consignas, más de escolástica que de proclamas. Es una ciudad donde uno puede sentarse a la sombra y sentir que el mundo, por una vez, no exige respuesta inmediata. Eso, hoy, es un lujo casi metafísico», Álvaro Cunqueiro.

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No es Orense una provincia risueña ni ligera. Es severa, áspera, entrañable, hecha de piedra dura y de hombres taciturnos. En Orense la vida no se derrama: se concentra. Cada aldea parece una sentencia, cada camino un destino inexorable. Allí pervive una España arcaica, prerromana casi, donde el mito no ha muerto del todo y el cristianismo se mezcló con supersticiones más viejas que los concilios. Es tierra de brujas resignadas, de hidalgos pobres, de clérigos sabios y de silencios largos. El paisaje orensano no halaga al viajero frívolo: lo examina. Le exige recogimiento, respeto, gravedad. Es una provincia que no admite la prisa ni la superficialidad. Quien la atraviesa sin comprenderla se va intacto; quien la entiende, no vuelve indemne. Aquí he de morir.

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