
«Orense era para mí una ciudad de recogimiento, casi monástica, aún en sus horas de bullicio. Todo parecía suceder hacia dentro. La gente hablaba bajo, como si temiera despertar a algo antiguo que dormía bajo las losas. El Miño no era un río para ser mirado, sino para ser pensado. Y las Burgas, con su agua que brota caliente del fondo de la tierra, daban a la ciudad un aire de secreto geológico, de confidencia ancestral. Orense no se exhibía: se reservaba», Eduardo Blanco Amor.
«Orense es una ciudad seria, calurosa y meditativa. No se parece a ninguna otra. Tiene algo de claustro, algo de aula y algo de taberna antigua. El orensano no es expansivo: es reflexivo. El calor del verano y el de las aguas termales parecen invitar no a la fiesta, sino a la quietud. En Orense se suda y se piensa. Y no es mala combinación», Camilo José Cela.
«Ourense tiene un aire de ciudad que ha leído mucho y ha hablado poco. Sus calles saben más de latín que de consignas, más de escolástica que de proclamas. Es una ciudad donde uno puede sentarse a la sombra y sentir que el mundo, por una vez, no exige respuesta inmediata. Eso, hoy, es un lujo casi metafísico», Álvaro Cunqueiro.
***
No es Orense una provincia risueña ni ligera. Es severa, áspera, entrañable, hecha de piedra dura y de hombres taciturnos. En Orense la vida no se derrama: se concentra. Cada aldea parece una sentencia, cada camino un destino inexorable. Allí pervive una España arcaica, prerromana casi, donde el mito no ha muerto del todo y el cristianismo se mezcló con supersticiones más viejas que los concilios. Es tierra de brujas resignadas, de hidalgos pobres, de clérigos sabios y de silencios largos. El paisaje orensano no halaga al viajero frívolo: lo examina. Le exige recogimiento, respeto, gravedad. Es una provincia que no admite la prisa ni la superficialidad. Quien la atraviesa sin comprenderla se va intacto; quien la entiende, no vuelve indemne. Aquí he de morir.
