Tu quoque 45

Mi historia es la de una conciencia sebosa que se mira a sí misma en movimiento, no la de una doctrina palabra a palabra sabida. Y si a veces parezco contradictorio, es porque la vida lo es, y porque el pensamiento, mal fluiría si se endureciese en fórmulas monolíticas.

Aprendí (quizá influencia paterna) que destacar no era suficiente, sino que debía «merecer» destacar, y además hacerlo sin parecer vanidoso. Creo -y no deseo ofender a nadie- que los elogios que recibo son por motivos espurios. Una vez mi hermana Noe me dijo: «Eres demasiado honesto para creerte grande y demasiado grande para vivir en paz». Frase que se aplica muy bien a ella, y no a mí.

Soy mediocre, ególatra, escritor de gorgoritos inflados. Y con esas ínfulas de creer que mi vida interior es más compleja que mi vida exterior. Soy carne de manicomio. Soy carne condenada a una infelicidad superior. La vida, lejos de consolarnos, a veces nos despoja de los velos necesarios para la felicidad. Quien posee una imaginación poderosa y una inteligencia no del todo mediocre, no puede engañarse con facilidad.

Comiencé escribiendo con exuberancia, exceso, acumulación, en resumen, con manierismos. A medida que pasa el tiempo quiero una prosa precisa, limpia, que respire, de frase justa. Pero no lo logro. Y desconfio siempre de los hombres que se sienten seguros de sí mismos. La certidumbre es una forma de agresión.

Si me permiten la indecorosa confidencia, más que un clásico complejo de inferioridad, me siento inferior a mi ideal, a la tradición, a la obra absoluta. Perdonen a esta pobre conciencia tirana y aturullada. Al corazón de hielo. Al exhibicionista. Mi escritura es una impostura. Siempre junto a mí el miedo de que lo que escribo no sea verdaderamente literatura, sino una imitación, o simulacros plagiados.

Perdonen a este escribano que solo sabe hacer variaciones a textos ajenos.

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