Tu quoque 46

El manicomio es una fábrica de silencio, de destrucción del pensamiento mediante drogas. El manicomio lúcido, y el mundo incomprensible. Sylvia Plath, «Te Bell Jar»: «Me sentí reducida a un caso, a un número, a un expediente. Nadie preguntaba qué pensaba; solo qué síntomas presentaba. El hospital era un lugar donde el tiempo se espesaba y el yo se volvía irrelevante».

Estirado en la cama solo me dedico a oír los clicks del techo y los pasos de las enfermeras ¿Estoy vivo? ¿Soy alguien? El manicomio te baja los humos, aprendes la exacta dimensión de la humillación, una lección que no se olvida nunca. Tuvo un compañero de habitación legionario, que empezó muy gallito. Al cabo de una semana «dobló» y se puso a llorar.

No se habla para comprender, se habla para clasificar. Cuando hablas, te corrigen. Cuando callas, te interrogan. Recomiendo aprender a comunicarse con frases «tácticas»: cortas, inofensivas, como quien esconde un cuchillo en el bolsillo. Logras esa peculiar paz química esencialmente inhumana. Nadie entra realmente en tu soledad. El silencio como forma de orden y la violencia blanda, administrativa, química.

Ochenta personas reunidas a la hora de comer y absolutamente nadie habla.

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