Tu quoque 47

Todo ocurre según regla y razón del universo. Una gloriosa y gustosa ciencia. Aceptas la finitud, y obras con amor. No buscas intensidades extremas, sino armonías diáfanas. Conociendo la necesidad de las cosas, ahora amas esa necesidad. El constante tema de la felicidad. Las volutas del júbilo. Un ofrendar a la mar que mira a Grecia, el cabello rubio y la nieve verde de los ojos de Martha. Y el chispear de la lluvia de Nogueira como capitulares de un códice miniado del siglo XIV.

Porque a veces, muy pocas veces en el tiempo, te sientes feliz sin motivo. Cae la tarde y crees con convicción que la vida valió la pena. Una breve evidencia, pero suficiente. El tiempo, mucho mejor, el instante, detenido, no por tedio, sino por placer y por plenitud. Un placer contenido en el sosiego, una plenitud al amor del entendimiento. Y en esa paz súbita en que nada ocurre, eres misteriosamente feliz (un dorado arcón taraceado)

Misteriosamente feliz.

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