
El dinero es la forma más grosera de reconocimiento, pero sin él no se puede ni siquiera conservar la dignidad necesaria para trabajar como escritor. Balzac lo dijo casi así.
La pobreza no ennoblece; estropea el arte. Yo soy un rentista pobre; si soy rico, lo soy de un modo especial: no debo un duro a nadie.
Escribir por dinero no es una degradación; escribir mal a propósito para ganarlo, lo es. Pocos escritores viven en España de su pluma. Yo, mero outsider, observo en ese cogollito unas reglas de juego o vasallajes penosos y perfectamente normales; saber a quién alabar y a quién no, a quién hacer la pelota y con quién meterse, a quién premiar y a quién ningunear.
Si tienes dinero, ello te permite escribir; pero tener dinero no te enseña a escribir. Virginia Woolf lo rebaja a cifras, con una frialdad admirable: «Un escritor necesita quinientas libras al año y una habitación propia. No para comprar la inspiración, sino para alejar la humillación. La pobreza constante no agudiza el genio: lo fatiga, lo humilla, lo dispersa. La libertad intelectual depende de cosas materiales».
Escribir exige energía y la pobreza la consume. Borges reduce el caso del dinero a mero accidente: «Nunca he escrito para ganar dinero. Tampoco he escrito contra él. El dinero es una circunstancia, como la ceguera o la fama: puede condicionar, pero no define el valor de una frase. El peligro es escribir pensando en el lector como cliente».
La literatura no paga las facturas, pero la vida sí las presenta, afirmó Bolaño, que las pasó de todos los colores. A diferencia de X, Y, Z, y otros best-selleristas de tertulia y columna y ocasión, prefiero mi literatura invisible y fracasada al éxito de una literatura cuya prosa suena a brutalista cartilla bancaria.
