
Libros de tapas gastadas, con errores tipográficos y con ese olor peculiar que solo tienen los libros viejos (ese olor escarlata del papel envejecido) El tacto de un volumen antiguo (los scriptoria monásticos en diembre con la tinta helada), la aspereza de su papel, su peso, sus márgenes, la textura física como la mejor de las mitomanías (Martha, abandonada, esa mano, y caído de ella, ese libro querido…)
Elias Canetti, «La lengua absuelta», Muchnik, p.228: «Los libros fueron para mí seres vivos antes de que lo fueran las personas. Su peso, su formato, la manera en que se abrían o se resistían a abrirse, todo eso constituía un lenguaje previo a las palabras. En las librerías experimentaba una excitación física: no sabía qué libro tomar primero, sentía que cada uno exigía ser tocado. Aún hoy no puedo entrar en una biblioteca sin experimentar una especie de temblor; es la presencia concentrada de la mente humana».
