
Viajar. Saber de diversidad de vidas, opiniones, usos y costumbres. El viaje, que lima cosmovisiones estrechas. Nada despoja tanto al hombre de su vanidad como verse extranjero, torpe, extraño y desorientado ¿Enfrentarse a la vastedad errante? No hay poco de poesía y conocimiento en ello. La quietud prolongada enferma.
Pero, el viaje, ¿alivia el vacío o lo traslada? Quizá viajar sea cosa buena hasta los treinta o, como mucho, los cuarenta años, cuando hombres y mujeres estamos formando nuestro carácter y abriéndonos a experiencias siempre enriquecedoras.
Pero, después de esa edad, lo preferible es quedarse en casa, en el pueblo o en la ciudad, a lo más, dentro del condado. Mencionemos como autoridad al infinito Flaubert: «Viajar vuelve estúpido. Uno cree que va a ensanchar su espíritu, y lo único que hace es acumular impresiones confusas. Las cosas vistas demasiado deprisa no dejan sedimento. Prefiero leer un buen libro en mi habitación que atravesar medio mundo para confirmar que los hombres son igualmente ridículos en todas partes».
Más que descubrir nuevos paisajes, debiéramos cambiar de ojos allá donde vayamos. A mí los libros me han dado más países que los trenes, los aviones, los barcos o los coches. Y no me arrepiento.
Y, sin embargo, yo mismo viajo ya con mi sentencia escrita. Mañana voy a la industriosa y nerviosa Barcelona -poco dada a la autocontemplación. Ciudad de cálculo y mediocridad como norma. Tiranía burguesa sin épica, sin sangre, al baño maría. Y desear lo edificante y cómodo, el dinero (precios carísimos, hoteles inasumibles), evitar la savia hirviente del espíritu.
Una Barcelona tranquila, de aburrida TV3.
Colas de acémilas en el MACBA.
