LIMINAR A «AD HOMINEM»

Liminar a «Ad hominem».

Este libro no ha nacido de una decisión, sino de una necesidad lenta y casi involuntaria. Durante años viví sin saber qué buscaba, trabajando en un oficio tedioso, lejos de mi impulso y vocación de escritor, hasta que comprendí que todo lo que había vivido exigía una serie de libros. La obra no es la vida, pero sin la vida no habría obra; escribir fue el único modo de darle sentido.

No escribo por afición literaria, por un mal diletantismo, como un oficinista dominguero, sino por una necesidad interior invencible. Cada libro mío es una tentativa de aclarar algo que me atormenta o bien debo dilucidar. Si escribo es porque mi yo real no me basta.

Escribo porque todo lo demás me resulta imposible. Cada libro surge de una idea prolongada, de una presión emotiva que no cede. No escribo solo para comunicar, sino para adquirir y aquilatar la forma. Este libro no responde a una pregunta concreta. Responde a una inquietud general. Escribo porque no me basta con vivir; necesito examinar las posibilidades de lo vivido. «Ad hominem» es el laboratorio de esa indagación.

Cuando no escribo, me disperso. Cuando escribo, me recojo. Espero que el lector lo disfrute (a sorbitos,como el champán, y no de golpe) Cedo la palabra a mi maestro Montaigne: «No he tenido otro fin al escribir estos ensayos que retratarme a mí mismo. No persigo utilidad pública ni gloria alguna. Si lo hiciera, habría tomado un camino más recto y más seguro. Escribo porque no sé hacer otra cosa mejor conmigo mismo. Mi libro y yo avanzamos juntos; no lo he hecho para el lector, sino para mí, y si alguien se reconoce en él, será por coincidencia, no por intención».

Gustave Flaubert indica el verdadero error; normalizar la mediocridad: “Nada me parece más peligroso que escribir para agradar. El libro que busca la complacencia es un libro moralmente falso, porque educa al lector en la facilidad y lo acostumbra a una relación degradada con el lenguaje. La estupidez no consiste en no comprender, sino en creer que se ha comprendido sin esfuerzo. Los libros mediocres son peores que los malos: los malos se olvidan, los mediocres se instalan. Son ellos los que forman el gusto del público, y el gusto del público es siempre un enemigo.”

Virginia Woolf observa cómo el libro malo reprograma al lector: “Los libros malos no son inofensivos. Introducen hábitos de lectura que deforman la sensibilidad. Enseñan al lector a esperar siempre lo obvio, a desconfiar de la dificultad y a abandonar el pensamiento en favor de la mera sucesión de hechos. El daño no está en el libro concreto, sino en el entrenamiento mental que impone. Un lector acostumbrado a libros fáciles pierde, sin saberlo, la capacidad de atención profunda.”

Espero que mi escritura no deshonre en exceso la literatura. Pende sobre mí la mediocridad como una espada de Damocles.

En cualquier caso, buenas noches. Y paz y libertad.

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