Tácito empuja al límite una posibilidad ya existente en el latín tardorrepublicano e imperial, a saber, decir mucho con muy poco. Su frase no se despliega, se contrae, se tensa; corta enlaces lógicos que el lector tiene que reconstruir; acumula sentido en sustantivos y giros que pesan como dictámenes. El efecto rítmico es singular; no es un fluir continuo, sino un avance a golpes, como si cada miembro de la oración fuese una pieza de hierro que encaja con chispazos. Por eso su musicalidad no es cantabile; es percusión seca, cadencia de sentencia, de veredicto.
Prefiero leer a Tácito, que votar o bien ver informativos chuscos sobre Venezuela.
Chesterton hace una comparación inolvidable: la frase de Ruskin no es larga por hinchazón, es larga como una flecha de arco largo; no dispara una varilla, dispara una lanza; y aun así “va ligera como un pájaro y recta como una bala”. La metáfora explica el ritmo: Ruskin sostiene largos periodos con energía continua, como un arco tensado; el lector siente una trayectoria: arranque, elevación, giro, caída final.
Me importa la prosa de Ruskin, no los mentecatos de Trump o Maduro.
Y me preocupa la tendencia general a la reducción de la longitud media de la frase desde el XVI hasta hoy, con variación leve según género, registro y lengua. En el siglo XVI una frase contenía entre 55 y 60 palabras, en el XVIII entre 35 y 40 palabras. En el siglo XXI la media de palabras por oración es entre 10 y 15. La prensa, y más adelante la comunicación electrónica, favorecen frases cada vez más cortas en aras de la rapidez de lectura.
Esto me importa, y no el teatrillo de monigotes político internacional.
