Los días de la infancia feliz no se distinguen en el momento de vivirlos; sólo mucho después, cuando la vida ha adquirido asperezas y pliegues, advertimos que allí se encontraba una reserva de dulzura que nos ha acompañado en secreto. Aquellas horas pasadas sin conciencia del tiempo, en la seguridad de ser amados, fueron quizá las únicas en que el alma descansó por completo. Más tarde, toda felicidad no será sino el eco —a veces deformado, a veces milagrosamente fiel— de aquella primera plenitud, escribió Proust en «Contre Sainte-Beuve».
Cuando pienso en mi infancia, pese a los electroshocks que borraron algunos momentos, no recuerdo tanto hechos como una sensación continua de bienestar, de confianza y regocijo hacia los hombres y la vida. Era feliz, indisputablemente feliz, no porque comprendiera el mundo, sino porque el mundo aún no me había exigido comprenderlo ni domeñarlo .Aquella felicidad sin análisis, sin esfuerzo, fue la base sobre la que más tarde pude soportar el dolor, la enfermedad y la culpa.
Cuando eres un niño feliz, el mundo no te ha roto todavía, y esa integridad se convierte en combustible. Todo lo que he hecho no ha sido sino un intento de volver a aquella sensación de asombro, de seguridad, de alegría. Las infancias felices no enseñan a huir del mundo, sino a amarlo.
