Durante años escribí versos porque escuchaba algo que no sabría explicar. No era una idea, era un ritmo, una presión o una melodía musical interior. Un día esa música se retiró. Comprendí entonces que la poesía no depende de la voluntad. Cuando desaparece, el poeta no debe fingir ni buscarla vanamente. Yo elegí la prosa, porque escribir versos sin oír previamente esa música es una impostura. No dejé la poesía; fue la poesía la que me dejó a mí.
El poeta debe aceptar largos periodos de esterilidad como parte de su trabajo. A veces, el poema no vuelve jamás, y entonces hay que aprender a vivir sin él, como se vive después de un gran duelo. Esto es crucial: la poesía no siempre regresa. La poesía es un don intermitente, no un oficio estable, un don que puede huir definitivamente de ti.
Soy un ex-convicto de la poesía.
