«Un escritor es verdaderamente maduro cuando deja de escribir para demostrar algo y empieza a escribir para decir exactamente lo que ve, aunque eso no agrade, aunque no sea brillante, aunque no sea nuevo. La juventud literaria busca efectos; la madurez busca precisión. No se trata de tener más ideas, sino de eliminar las falsas. La obra madura no añade: descarta», Proust. Y Borges: «He sospechado que la madurez literaria consiste en aceptar una voz y renunciar a todas las demás. El escritor joven imita, prueba, exagera. El escritor maduro reconoce sus límites y los convierte en estilo. No hay mayor madurez que escribir con naturalidad aquello que uno ya no puede dejar de ser».
Concluyo aquí mi octavo libro «Ad hominem». Un libro está terminado cuando añadir algo ya no lo mejora. El momento de detenerse es técnico y ético. Corregir no es continuar: es limpiar. La obra acabada pide silencio, no expansión.Hay un instante en que el libro deja de crecer y empieza a repetirse. El escritor que no percibe ese umbral cae en la hipertrofia. La obra concluida no exige nuevos capítulos, sino reposo, distancia, una última mirada fría. El verdadero final no es un acto creativo, sino un acto de renuncia.
Lo que queda ahora no es escritura, sino pulido, última limpieza de las lentes. La obra ha terminado. Toca pulir y repulir. Toca leer (se me amontonan lecturas pendientes) Fue un libro que me divertí escribiendo. Saludos. Vale.
