Ayer, de madrugada, concluí mi libro. Ahora nieva. La nieve produce una suspensión en el espacio-tiempo. Bajo su manto, la voluntad se enfría, las pasiones se aplacan, y la conciencia aprende a esperar. No es muerte, sino una pausa severa. En ese clima, la obra comprende que ha llegado a su límite y que prolongarla sería una forma de hybris.
La ciudad, bajo la nieve, pierde su insolencia. Las avenidas se vuelven discretas, los palacios modestos, y la ciudad parece pedir silencio. En esa blancura, el paseante tiene la impresión de que la ciudad fue hecha solo para él. Caminar bajo la nieve es como moverse dentro de un pensamiento que decidió detenerse. Las calles, habitualmente ruidosas y ásperas, parecen haber sido domesticadas. Los pasos resuenan con timidez, como si nadie quisiera perturbar aquella tregua. Manresa, bajo la nieve, parece por un instante menos cruel, menos apresurada, como si hubiera olvidado su descalabro habitual.
La nieve simplifica el mundo para que podamos volver a mirarlo. Reduce las opciones, calma el impulso de añadir, enseña a aceptar lo suficiente. En un paisaje nevado, todo parece ya escrito. La nieve cubre lo que está dicho, sin borrarlo. Atenúa el deseo de añadir. Enfría la tentación de prolongar. Y ese callar —blanco, leve, exacto— es una forma alta de final.
Agradezco a los dioses el símbolo.
