Tu quoque 113

Entrevista de Laia Morros (Vic, 1999) y Nil Ferrer (Girona, 2001) a Christian Sanz para la revista «Blau cel».

-Christian Sanz Gómez, usted se declara elitista sin complejos ¿No le parece un gesto obsceno en una época que exige inclusión, empatía y pedagogía constante?

-Obsceno me parece pedirle a la cultura que se disculpe por existir. El elitismo no es un vicio: es una descripción de los hechos. Toda cultura verdadera ha sido siempre producida, custodiada y transmitida por minorías exigentes. Lo obsceno es fingir que no. Además, la empatía cultural suele ser una coartada para no exigir nada. Yo prefiero parecer antipático antes que colaborar en la infantilización general.

-Usted ha dicho que leer cualquier cosa “no hace daño”, pero que una sociedad sin tradición compartida se empobrece ¿No es una contradicción?

-No. Es una jerarquía temporal. Leer basura de vez en cuando no mata a nadie. Vivir exclusivamente de ella produce raquitismo intelectual crónico. La cultura no se mide por el placer inmediato, sino por la memoria que una sociedad es capaz de sostener sin bostezar. Una sociedad que no recuerda sus grandes libros es una sociedad sin espina dorsal.

-Sant Jordi: ¿fiesta cultural o circo editorial?

-Sant Jordi es una fiesta cultural cuando alguien vuelve a casa con un libro que no entiende del todo. El resto es merchandising con pétalos. No me molesta que se vendan novelas malas; me molesta que se presenten como un triunfo civilizatorio. Confundir ventas con cultura es propio de tenderos satisfechos.

-Usted habla mucho de dandismo ¿No es una pose tardía?

-El dandismo no es vestirse bien ni despreciar al prójimo. Es resistirse a la vulgaridad sin hacer pedagogía. El dandi no intenta convencer: se mantiene firme. No grita, no explica, no traduce. En tiempos de ruido, eso es casi subversivo.

-¿Cree que la democracia cultural ha fracasado?

-No ha fracasado: ha sido mal entendida. Democratizar el acceso no significa rebajar el contenido. Significa abrir la puerta y mantener el listón alto. Cuando se baja el listón en nombre de la democracia, lo que se obtiene no es igualdad, sino mediocridad institucionalizada.

-¿A quién desprecia culturalmente?

-Desprecio la suficiencia. Desprecio al ignorante orgulloso, al lector que no quiere aprender nada nuevo, al escritor que exige ser admirado sin haber estudiado. No desprecio a quien no sabe, sino a quien no quiere saber.

-Si tuviera que salvar tres libros de una quema simbólica de Sant Jordi, ¿cuáles serían?

-Salvaría libros que no se venden bien. Un clásico que incomode. Un ensayo que haga sentir estúpido al lector medio. Un libro mal editado, pero intelectualmente honesto. Todo lo demás puede arder sin demasiado drama.

-¿Para quién escribe usted?

-Para nadie en concreto.

-Usted habla de cultura como si fuera una religión laica ¿No está sustituyendo a Dios por la biblioteca?

-No. Dios no admite subrayados. La biblioteca, en cambio, sí admite correcciones, traiciones y herejías. Es infinitamente más honesta. Además, la cultura no promete salvación; promete lucidez, que es mucho más incómoda y bastante menos consoladora. Por eso la gente prefiere la espiritualidad “light” o la novela feel-good.

-¿Cree que la universidad actual está formando lectores o produciendo analfabetos con títulos?

-Está produciendo consumidores banales de conceptos, no lectores. Saben hablar de libros que no han leído, citar teorías que no han digerido y opinar con una soltura que antes requería ignorancia militante. La universidad ha cambiado el rigor por la autoestima. Y la autoestima es el opio del estudiante contemporáneo.

-¿Le molesta que le llamen reaccionario?

-Me tranquiliza. Si alguien me llama reaccionario significa que no he pedido perdón, que no he suavizado el discurso y que no he pedido permiso para pensar. Lo verdaderamente sospechoso hoy es ser celebrado por unanimidad.

-¿La corrección política ha dañado la crítica literaria?

-La ha convertido en crónica social con adjetivos amables. La crítica ya no juzga: acompaña, anima, contextualiza, comprende. Es una especie de terapia grupal con citas. Cuando un crítico empieza diciendo “hay que entender el contexto”, normalmente es que no se atreve a decir que el libro es malo.

-Si tuviera poder absoluto sobre la política cultural durante un año, ¿qué haría?

-Nada espectacular, que es lo más revolucionario.

-¿Le interesa ser leído por jóvenes?

-Me interesa ser leído por jóvenes que no quieran seguir siendo jóvenes toda la vida.

-Última impertinencia: ¿qué le produce más rechazo, un mal libro o un lector satisfecho?

-El lector satisfecho. El mal libro se olvida; el lector satisfecho se reproduce.

Deja un comentario