Ralph Waldo Emerson: «Cita poco. Di lo que piensas. Los libros son para los momentos de ocio; el pensamiento propio, para los momentos de vigilia. Cuando repetimos a otro, no añadimos nada al mundo. El hombre que cita demasiado se protege con autoridades porque teme exponerse. Yo prefiero una frase torpe que sea mía a una perfecta que no lo sea».
Emerson va directo a lo que muchos sospechan: la cita como escudo, como sustituto del riesgo de pensar en primera persona. Para él, la cita es legítima solo cuando confirma un pensamiento previo, no cuando lo reemplaza. La buena cita, a mi juicio, no enseña lo que debes pensar, sino que muestra lo que piensas cuando te las encuentras. La cita acompaña, pero no fundamenta.
Nietzsche, con su lucidez agresiva habitual: «Citar es una forma de pereza cuando sustituye a la experiencia. Muchos prefieren coleccionar pensamientos ajenos antes que producir uno propio. El erudito se reconoce porque se apoya en muletas incluso cuando puede caminar». La cita como mueble pesado que da prestigio, pero resta movilidad. Nietzsche detesta la dependencia que subyace al citar mucho. La cita no debe gobernar, debe gobernar tu propio pensamiento. Quien piensa poco, cita mucho. Quien piensa mucho, cita con reparo. Las citas son las tapicerías o los cortinajes de terciopelo rojo de los intelectuales. Una forma de reconocimiento y de pasar material de contrabando.
