Saturno concede a los hombres una mente profunda y la retirada del tumulto de las cosas humanas. Pero este don va acompañado de un peso: quienes reciben su influencia viven inclinados a la contemplación, a la tristeza reflexiva, a una gravedad que los separa de los placeres comunes. Tal melancolía no es un castigo, sino el precio del acceso a las cosas más altas.
Puedo decir con Montaigne, que no tengo otra ocupación más seria que observarme. Y en esta observación descubro una tristeza vaga, sin causa definida, que no me impide vivir, pero que me acompaña como una sombra fiel. No la rechazo: la reconozco como parte de mi naturaleza, como una gravedad necesaria que me mantiene alerta frente a la ligereza del mundo.
Puedo decir con Burton, que la melancolía es una enfermedad del alma y del cuerpo, común a todos los hombres, aunque bajo mil formas distintas. Nadie está libre de ella; reina en los palacios y en las chozas, en la juventud y en la vejez. Es una disposición que se desliza suavemente, se fija con deleite, y acaba por tiranizar la mente. El melancólico ama su tristeza, se alimenta de ella, la cultiva como un jardín secreto; huye del mundo, pero no de sí mismo, y en esa soledad dialoga interminablemente con sus fantasmas.
Nota bene: Recomiendo la lectura, del médico humanista inglés Edmund Harrowe (c. 1548–1609), de su tratado «Melancholia Saturnina, eius causis, signis et temperamento». Lugar y año: Londres, 1596. Impresor: Thomas Vautrollier (impresor real muy usado en obras médicas y eruditas) Y, complementaria a la misma, de Jean-Baptiste Lormeau (1559–1623), el «Traité de la mélancolie, de sa douceur dangereuse et de ses remèdes moraux». Lugar y año: Lyon, 1608. Impresor: Horace Cardon (impresor lionés célebre por imprimir obras médicas)
