Tu quoque 120

Examinemos por un momento una mente ordinaria en un día ordinario. La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la dureza del acero. De todos los lados caen incesantemente, y la tarea del escritor es registrar este continuo y desconocido desfile, sin violentarlo, sin empobrecerlo, conservando su delicadeza y su desorden. Eso, crasamente, es sensibilidad. Cuando adviertes que cada palabra introduce una resonancia nueva, una relación inesperada con todas las demás. Cuando sabes que las palabras no son solo instrumentos de comunicación, sino que conservan su sonido, su forma y su uso secular, en resumen, una vida propia. Que algunas poseen una especie de aura que actúa sobre nosotros antes de que hayamos comprendido su sentido exacto. El escritor verdaderamente sensible es aquel que no las utiliza, sino que las interroga e indaga, bisturí en mano. Afinar y no balbucear un lenguaje embotado es, crasamente, sensibilidad lingüística, condición indispensable para cualquier escritor.

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