En estos tiempos de prosa telegráfica, periodística, jibarizada, reducida al mínimo común divisor, no viene mal recordar a Cicerón: “Hay en la prosa un número secreto, una cadencia que, sin someterse al verso, evita sin embargo la aspereza y la dispersión. La frase debe caer con plenitud, no abruptamente, y su final ha de parecer necesario, no arbitrario. Pues así como el oído rechaza lo disonante, también el ánimo se fatiga cuando el discurso carece de ritmo”.
La gran prosa avanza como una procesión: no corre, no se precipita, no se disculpa por su lentitud. Cada cláusula tiene su peso, cada pausa su función. Leer una frase bien compuesta es aprender a respirar con la mente. Lo sabía Quintiliano, que nos habla del equilibrio de la frase larga en su «Institutio Oratoria»: “El ritmo no es adorno del discurso, sino su nervio. Una frase demasiado corta fragmenta el pensamiento; una excesivamente larga, si no está bien articulada, lo asfixia. Pero cuando la extensión es sostenida por el orden, la prosa alcanza una dignidad comparable a la del verso”.
La gran tradición de la prosa europea se funda en la frase periódica, capaz de contener subordinaciones, retornos y cierres amplios. La pérdida de esta forma no es solo estilística; es una pérdida de complejidad intelectual. Una pérdida que, con pesar, comprobamos rutinariamente.
