Léon-Paul Fargue
“Escribo como otros se rascan una vieja herida. No para curarla, sino para sentir que todavía está ahí. La escritura no me alivia: me excita. Me mantiene en un estado de vigilia febril, como si siempre llegara tarde a algo importante. Cuando no escribo, me vuelvo torpe, casi mudo; cuando escribo demasiado, me convierto en un animal de hábitos, supersticioso, maniático. Tengo que usar el mismo papel, la misma pluma, sentarme en el mismo café, o la frase se niega a venir. Es un placer irritante, como el del fumador que detesta el tabaco y sin embargo lo busca con desesperación. No escribo para comunicar: escribo para no perder contacto conmigo mismo, con ese murmullo interior que, si no se le da forma, se vuelve rencor”.
Charles-Louis Philippe
“La escritura es una manía humilde. No se parece al genio ni al talento, sino al hábito de hablar solo mientras se camina. Yo escribo porque no sé vivir de otro modo: necesito transformar la menor emoción en una frase, como si la vida no tuviera consistencia hasta pasar por la tinta. Hay días en que escribir me produce una alegría infantil, casi obscena; otros, una vergüenza profunda, como si me sorprendieran espiándome. Pero incluso en esos días sigo escribiendo, porque dejar de hacerlo sería aceptar una forma de muerte silenciosa. No escribo bien, no escribo grande; escribo con obstinación, y esa obstinación es mi único orgullo”.
Joseph Delteil
“Escribir es un exceso. No conozco escritores sobrios. Incluso los más secos lo son por saturación. En mi caso, escribir es un placer corporal: siento la frase en los hombros, en la respiración, en la lengua. Cuando una página sale bien, tengo la impresión de haber bebido vino fuerte; cuando sale mal, de haberme intoxicado con agua turbia. Pero no puedo dejarlo. La escritura no es un oficio: es una embriaguez reglada. Uno aprende a dosificarse, no a curarse. El escritor que presume de control miente: todos somos maníacos que hemos aprendido a disimular”.
Pierre Minet
“Escribo con una mezcla de placer y repugnancia. El placer de ver aparecer algo que no sabía que estaba en mí; la repugnancia de comprobar que siempre aparece lo mismo, con otro disfraz. La escritura es una manía circular: creemos avanzar, pero solo damos vueltas alrededor de una obsesión central. Sin embargo, hay instantes —rarísimos— en los que una frase se ilumina y justifica años de compulsión. Por esos instantes aceptamos todo lo demás: la soledad, la inutilidad, el ridículo”.
Franz Hessel
“Escribir no es producir, sino demorarse. Mi placer no está en terminar un texto, sino en vagar dentro de él, como quien pasea sin rumbo por una ciudad conocida. Cuando no escribo, camino; cuando no camino, escribo. Ambas cosas responden a la misma manía: la incapacidad de aceptar el tiempo tal como viene. Escribo para ralentarlo, para hacerlo habitable. No aspiro a la obra, sino a la continuidad del gesto”.
Georges Perros
“La escritura es una enfermedad leve pero crónica. No mata, pero desgasta. Produce un placer seco, nervioso, que no se parece a la felicidad. Es un placer de ajuste fino: colocar una palabra en su sitio exacto da una satisfacción comparable a la de un mecánico al escuchar un motor bien regulado. Pero esa satisfacción dura poco, y enseguida reaparece la necesidad. El escritor no es un inspirado, sino un reincidente”.
Gustave Roud
“No escribo porque tenga algo que decir, sino porque, cuando no escribo, el mundo se vuelve demasiado compacto, demasiado opaco. La escritura introduce pequeñas grietas por donde entra el aire. Es un placer tenue, casi imperceptible, como el de alisar una superficie áspera con la mano. Pero ese placer se vuelve pronto una exigencia. Si paso varios días sin escribir, me siento culpable, no por pereza, sino por traición: como si hubiera abandonado una tarea íntima que nadie más puede realizar por mí. Escribir no me eleva; me mantiene a flote”.
Jean Follain
“La manía de escribir consiste en creer que el mundo necesita una frase más. Yo no lo creo, pero aun así la escribo. Es un gesto reflejo, como cerrar una puerta o alinear objetos sobre una mesa. El placer es discreto, casi vergonzante: el de haber puesto algo en orden durante un instante. La escritura no es un acto de ambición, sino de mantenimiento. Como barrer una habitación que volverá a ensuciarse”.
Ludwig Hohl
“Escribo porque no puedo soportar la imprecisión. Cada frase es un intento desesperado de fijar algo que huye. El placer de escribir no está en el resultado, sino en la tensión extrema que exige. Es una manía cruel: obliga a rechazar el mundo tal como se presenta, demasiado vago, demasiado indulgente. Quien escribe se vuelve exigente hasta con su propio aliento. Pero esa exigencia es adictiva: una vez conocida, ya no se puede vivir de otro modo.”
Henri Calet
“Escribir me calma y me agota. Me da la impresión de haber trabajado, aunque no haya hecho nada útil. Es un placer pequeño, doméstico, como fumar a escondidas. No me creo escritor; me creo alguien que escribe, que no es lo mismo. La manía aparece cuando intento dejarlo: entonces todo me irrita, todo me parece mal dicho, mal pensado. Escribo para volver soportable la mediocridad general, empezando por la mía.”
Pierre Reverdy
“La escritura no es inspiración, sino insistencia. Uno vuelve siempre a la misma zona oscura, esperando que esta vez ceda un poco. El placer no está en llegar, sino en sentir que algo resiste. Si la frase se entrega demasiado rápido, desconfío. La manía consiste en preferir esa resistencia al descanso, esa dificultad a la paz.”
Rolf Dieter Brinkmann
“Escribo de manera compulsiva, casi violenta. No para expresarme, sino para expulsar algo. El placer de escribir es breve y físico, como un espasmo. Luego llega el cansancio, la vergüenza, el deseo de romper lo escrito. Pero al poco tiempo vuelve la necesidad. La escritura no mejora la vida: la hace más intensa, y por eso más difícil de soportar.”
André Dhôtel
“Escribir es prolongar la infancia por medios torcidos. El placer que me da una frase lograda se parece al de descubrir un escondite secreto. Pero esa alegría es frágil y pronto se transforma en hábito. La manía aparece cuando uno ya no puede caminar sin pensar cómo describir el camino. El mundo se convierte en borrador.”
Marc Bernard
“La escritura no me ha dado gloria ni dinero, pero me ha dado una forma de compañía. Cuando escribo, no estoy solo, aunque no haya nadie. Ese es su placer más profundo y su trampa más eficaz. Uno se acostumbra a esa falsa compañía y luego le cuesta volver al mundo sin intermediarios «.
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Escribir en el momento justo es como volar sin alas. El cuerpo vibra, la mente se acelera, y uno entra en un estado de gozo tan intenso que resulta casi religioso. No hay corrección, no hay duda: solo una felicidad salvaje, ininterrumpida, que dura lo que dura el impulso. En esos momentos, escribir no es trabajo: es una celebración. Nunca he conocido una alegría comparable a la de escribir cuando las palabras llegan en oleadas. Es una exaltación que consume, que arrasa con el tiempo y con el cansancio. Uno escribe con una sensación de plenitud tan grande que todo lo demás —la fama, el fracaso, el juicio ajeno— se vuelve insignificante. Es una felicidad absoluta, aunque agotadora, como si la vida se concentrara entera en el acto de escribir. Cuando una página se escribe sola, cuando las frases aparecen con una naturalidad milagrosa, siento una alegría casi dolorosa. Es un goce tan intenso que cuesta abandonarlo, como si dejar de escribir fuera una forma de traición a ese estado de gracia. En esos instantes, escribir es vivir más alto, más rápido, más plenamente.
