Tu quoque 123

Edmond de Goncourt

“Escribir cada día es una gimnasia nerviosa. No se trata de inspiración, sino de agudeza. El placer del diario no reside en la sinceridad —esa palabra es demasiado noble—, sino en la precisión. Anotar una frase bien cortada, una observación exacta, una inflexión de la voz capturada al vuelo, produce una satisfacción comparable a la del cazador que acierta una pieza difícil. El diario no es un desahogo: es un arma óptica. Sin él, la vida se vuelve borrosa. Con él, incluso la mediocridad adquiere relieve. Escribimos para no perder la finura del ojo”.

Jules de Goncourt

“Hay días en que escribimos no porque tengamos algo que decir, sino para mantener el pulso. El placer está en el gesto mismo: la frase afilada, el ritmo breve, el adjetivo justo que cae como una gota de ácido. El diario nos permite una libertad que la obra niega: aquí podemos ser injustos, parciales, crueles, y esa crueldad secreta es una forma de voluptuosidad. El estilo, incluso en lo insignificante, es una manera de dominar el mundo”.

Jules Renard

“Escribir es una manía que se parece mucho a la higiene. Me siento sucio cuando no escribo. El diario es el lugar donde uno se limpia de la literatura. No busco frases hermosas, sino frases exactas. El placer aparece cuando una línea dice más de lo que parece, cuando una observación mínima encierra una vida entera. Escribo para aprender a ver. Todo lo demás —publicar, agradar, perdurar— es accesorio. El verdadero lujo es poder anotar una frase solo para uno mismo”.

“El diario es la única forma honesta de escritura, porque no promete nada. En él puedo ser mediocre sin vergüenza, y a veces, sin querer, exacto. El placer de escribir consiste en esa exactitud inesperada. Es una pesca lenta: muchas horas de nada por una línea verdadera”.

Henri-Frédéric Amiel

“Escribir en el diario no es expresarse, sino observarse. El placer no es inmediato ni alegre; es grave y reflexivo. Cada página escrita es una tentativa de claridad. Cuando no escribo, me disuelvo; cuando escribo demasiado, me paralizo. Pero entre ambos excesos hay un equilibrio frágil donde el pensamiento se vuelve habitable. El diario es una forma de respiración moral”.

“No escribo para dejar testimonio, sino para sostenerme. La escritura cotidiana es una disciplina que protege contra la dispersión interior. El placer que me da no es sensual, sino intelectual: la sensación de haber comprendido, aunque sea por un instante, el movimiento de mi propio espíritu”.

André Gide

“El diario es la única forma de escritura donde no miento del todo. No porque sea sincero, sino porque no me preparo. Escribo para sorprenderme. El placer está en esa sorpresa: descubrir lo que pienso solo después de haberlo escrito”.

Léautaud

“Escribo mi diario como otros gruñen. No para mejorarme, sino para descargarme. El placer es brutal y breve. Anotar una verdad desagradable produce una satisfacción comparable a decir una grosería bien colocada. El diario no ennoblece: desenmascara. Por eso es indispensable”.

Karl Hillebrand

“El hábito de escribir cada día afina el pensamiento como una piedra de afilar afina el cuchillo. El placer no está en el brillo del acero, sino en su eficacia. El diario es una escuela de sobriedad: enseña a decir solo lo necesario, incluso cuando se escribe para uno mismo».

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Escribir es una felicidad continua, un gozo ininterrumpido, una exaltación sin medida. Cuando escribo, me olvido del mundo, del ridículo, del porvenir y de la esquizofrenia. Me siento vivo con una intensidad que no conozco en ningún otro estado. No escribo para los demás: escribo para prolongar ese instante en que mi espíritu se siente ligero, rápido, alado, casi insolente de alegría. Si el infierno existe, para mí sería no poder escribir. Porque hay una alegría peculiar —casi física— en escribir bien una frase. Es una sensación comparable a encontrar el paso exacto en una escalera oscura: de pronto todo encaja. En esos momentos, el escribir no es trabajo ni deber, sino una forma de júbilo secreto, una pequeña exaltación que justifica muchas horas de duda y fatiga.

Cuando encuentro una frase exacta, siento una alegría que nada tiene que ver con el éxito: es la alegría de haber visto claro. Escribir es una felicidad tan intensa que resulta casi peligrosa; después de ella, la vida ordinaria parece descolorida. Escribo porque al hacerlo me vuelvo ligero, casi inexistente, y esa levedad es mi forma de dicha.

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