Nada me fatiga tanto como el trato con quienes no saben medir sus palabras ni su tono. No es que digan cosas falsas, sino que las dicen sin forma, sin respeto por el oído ajeno. La grosería no es una opinión: es una manera de ocupar el espacio como si los demás no existieran. Hay hombres cuya conversación produce el mismo efecto que una habitación mal ventilada: uno desea salir cuanto antes para poder respirar. Personas que hablan como si empujaran muebles. Todo en ellas es peso, choque, ruido. Hoy me pasó con un taxista. No se trata de lo que dicen, sino de cómo lo dicen: sin atención, sin delicadeza, sin el menor cuidado por el otro. Estar con gente así me produce una fatiga moral inmediata, una especie de vergüenza por la especie humana. Me marcho siempre con la sensación de haber estado demasiado cerca de algo tosco. Ese trato con espíritus groseros me deja una impresión de suciedad interior. No porque me hayan ofendido, sino porque su sola presencia desordena la armonía del pensamiento. Hay almas sin matiz, sin gradación, que viven en la exclamación permanente. Frente a ellas, uno siente el deseo de retirarse, de preservar un resto de silencio y de dignidad.
Son tipos que no se bajaron de los árboles, de una brutalidad espantosa; bárbaros con forma humana.
