(El niño observa un temporal memorable)
El viento en Galicia no sopla, se enfada. En los días de temporal parece que el aire tuviera memoria y viniera a reclamar deudas mortales. La lluvia no cae, insiste; no moja, persuade como una invectiva. Y el mar, cuando se encrespa, no amenaza: cumple su maldición. Las olas golpean el malecón con la solemnidad de quien llama a una puerta sabiendo que nadie abrirá. Hay un momento, en plena borrasca, en que el mundo se reduce a tres cosas: el ruido del viento, el latido del agua y la conciencia de la fragilidad humana. El mar se levanta como una multitud enfurecida. Las olas se atropellan unas a otras, blancas de rabia, y el viento las empuja con un silbido metálico. Todo es movimiento violento, todo es desorden. El temporal no destruye: impone su ley. Frente a él, el hombre no es pequeño: es provisional. Cuando llega la borrasca atlántica, el paisaje gallego se vuelve épico sin necesidad de héroes. El viento dobla los árboles como si los interrogara, la lluvia azota los muros con una obstinación judicial, y el mar, oscuro y espeso, parece decidido a recuperar la tierra que le fue robada. No hay lirismo en el temporal: hay una belleza dura, mineral, que no admite contemplación distraída.
