Theodor W. Adorno: “El deporte de masas, lejos de ser una válvula de escape inocente, actúa como una escuela de conformismo. La repetición constante de los mismos gestos, los mismos comentarios, las mismas emociones prescritas, entrena a los individuos para aceptar la monotonía como destino. Cuando el fútbol lo ocupa todo, no se celebra el juego, sino la renuncia al pensamiento. La conversación pública se empobrece porque gira siempre en torno a lo mismo, con una seriedad desproporcionada.” Y Rafael Sánchez Ferlosio: “El fútbol se ha convertido en una sustancia ambiental. No se puede entrar en un bar, encender una radio o abrir un periódico sin que el fútbol se derrame por todas partes. Y cuando algo se vuelve omnipresente, deja de ser objeto de gusto para convertirse en coacción. No es que a uno no le guste el fútbol; es que está cansado de que no exista nada más”.
Fútbol: la fanfarronería de una guerra sin disparos. La histeria colectiva y la conversión en obsesión nacional que anula cualquier otra conversación posible. Discurso totalitario de baja intensidad.
Nick Hornby como contraargumento: “Amar el fútbol no es amar ganar, sino amar esperar. Semana tras semana, uno se expone a la decepción, y aun así vuelve. Hay algo profundamente humano en esa fidelidad absurda».
